¡Semblanza Autobiografica de Edmundo Chirinos para la UCV!

MIS ORÍGENES

“Quítame esta paja o písame esta raya”

Mi propio origen, como el de cualquier venezolano proviene de muchas manos, estribillos, callejuelas, labios, bálsamos, árboles y pasos. De esperanzas hispánicas y delirios caquetíos. Un abuelo materno trashumante quien sin saberse porque, vino desde la Valencia peninsular, a fecundar en mi abuela materna su vientre parturiento y prolífico. Ello ocurría como en una película de Buñuel dentro de un pueblito verde y friolento, en las montañas falconianas, donde la gente si la dignidad de algún pariente resultaba vulnerada, era capaz de asesinar por “quítame esta paja o písame esta raya”. Modo de vivir no trasculturado del viejo oeste americano, ni de las familias sicilianas. Tenía fuerza autóctona y telúrica en su machista concepción de la significación del pecado y de la pureza carnal. El abuelo paterno traía fuertes ADN que rebotaron en mi calvicie. Lo encontré ya en su longevo otoño final que no conoció primaveras, excepto las del amanecer con el duro manejo de los peones de su finca. Él, también, marcó su impronta en mi otra abuela, mucho más aborigen, y la hizo paridora de hombres recios de “quítame esta paja”. Creo que mi padre fue más pacífico, y le bastaba para su venganza él “písame esta raya”. Pero hay de quien la pisara. Las dos abuelas no podían ser más distintas, desde el color de piel hasta en el humor de sus savias antiguas. La materna fue como una mantuana severa, egoísta, huraña y regañona. La paterna suave, sosegada, de perfil indiado y el alma con un alud de magia amorosa y de ternura como una luna llena de franqueza. Trajeron hacia aquella montaña tan mágica como la de Mann, una extraña dinastía de hijos, unos tíos y tías, de diversas estirpes. Me contaron que como en una historieta de Disney, el príncipe de ellos y la princesa de ellas se hicieron mis padres. Ya habían gestado antes cuatro hermanos mayores y todos dicen que fuimos endiablados cachorros. Tres hembras y dos varones que denominaron en orden de llegada: Smirna, Hely, Egleé, Iraida y para cerrar, Edmundo.

La Reencarnación y el Conde de Montecristo

Por el mismo tiempo en que yo naciera, mi abuelo materno murió de apendicitis, entonces llamado “cólico miserere”. Este admirado abuelo era un presuntuoso lector de Alejandro Dumás y se hizo llamar Edmundo, sin lograr el Dantés y se resignó al García. Viajero español, errante y taumaturgo, si bien no pudo llamarse Conde de Montecristo, lo fue de Churuguara. Cual espadachín trajo a los Castillos de aquel pueblo la magia de la civilización con el telégrafo, y el humanismo con la oratoria erudita, la música académica y hasta el romanticismo de la poesía. Si albergase la más recóndita duda sobre la falsedad reencarnacionista, aceptaría las cuitas y predicciones de las brujas y magos de entonces, quienes son siempre los mismos en todas las épocas y lugares. Sólo que ahora estupidizan la televisión mañanera e inventan regresiones al estilo de las ficciones de Brian Weiss. Ese farsante colega de Miami, quien por dinero incumplió su compromiso para debatir televisadamente conmigo los imaginarios viajes de sus pacientes al pasado. Cuanto me hubiese deleitado conversar con el abuelo Edmundo, con quien solían clonarme como su reencarnación. Pero alguna serpiente, me hizo escéptico e incrédulo y me hechizó con el maligno veneno de un irreductible ateísmo. Esa condición nihilista beligerante en mí, impidió que se me transfiriesen todos los cromosomas de las virtudes, que sí de los defectos del misterioso Conde de Montecristo del pueblito montañés. La herencia paterna fue menos imperativa. Sin ser maracucho, a mi padre lo apelaban Osorio y fue mucho menos creyente al igual que su padre, el otro abuelo que se llamaba Eustaquio.

La infancia y las dos obsesiones

Mi abuelo Eustaquio y mi padre fueron ordeñadores de reses desde sus ancestros caquetíos. Pero mi padre las abandonó y con toda la familia buscó otra cultura que no fuera tan rural. Así que nos mudamos al crepuscular Barquisimeto aún más jirahara que cosmopolita, pero ya dotado de una institución religiosa, descubierta por Amanda, nombre de mi beatífica madre. Afortunadamente diferente a su madre malhumorada la abuela del mal genio. En aquel Colegio de la Salle, mi madre me sometió al primer intento de catequización catolizante. Ella era toda llena de gracia como el Ave María e irreductible adoradora del Corazón de Jesús. Su azuloso icono pendía sobre mi cama, por haberme salvado de un presunto y también reencarnado “cólico miserere”, curado por la infiltración “laseriana” de los ojos del colgante Jesús. Sobreviví y hasta tercer grado de primaria cursé como el más devoto alumno de aquellos enviados del Señor. A más de medio siglo de la reciente tragedia de Vargas, Maiquetía, constituía una saludable población para los asmáticos. Y una de las razones por las que quise ser médico, fue porque cíclicamente angustiosas sibilancias cual atonales frases dodecafónicas de Shoenberg, provenían de los espasmos bronquiales de mi madre. Cedían mágicamente al inyectarle una milagrosa ampolla el místico doctor Roberto Weil, que devolvía la sonrisa a mi madre. Más que la brisa del mar creo que fue la menos esotérica y ecológica cortisona la que mejoró a mi amorosa mamá. Entonces, ya había aprobado primaria a los once años y a los trece el segundo año del bachillerato. Ello ocurrió con notas sobresalientes, tanto en la escuelita primaria de unas grandes maestras llamadas, las hermanas Romero y luego en el Liceo Vargas de la Guaira, cuyo Director iba a convertirse de honorable educador a notable jerarca corrupto de AD. Desde niño y viviendo en el mismo litoral, rumiaba constantemente dos obsesiones que signaron mi vida. La de encontrarle explicaciones a la muerte y a la locura. Me atraía la proximidad de los enfermos mentales para descifrar las claves de sus pensamientos. Y la de los moribundos para desentrañar mis miedos y los misterios del lado obscuro o luminoso de un presunto más allá. Por ello mi única duda vocacional, y vaya duda, era si estudiar filosofía o biología, y sin ninguna otra meta que la de ser psiquiatra. Hasta que conocí del funcionamiento cerebral, pensaba que la locura consistía meramente en la simple muerte Hamletiana de la razón. Por ello precozmente me propuse estudiar simultáneamente ambas disciplinas. En mi inocencia infantil, la Universidad configuraba la utopía que ofrecía resolver el reto cartesiano. Tardó mucho tiempo para dilucidar lo bizantino de mis reflexiones, descubriría después de mucho esfuerzo, que todas las ciencias lo son del hombre. Y que cuando pensaba que el estudio científico se concentra solamente en el mundo material, estaba militando en una ignorancia, no solo infantil sino también medioeval. En rigor tendría que haber sido muy precoz para saber que los problemas humanos son expresión espiritual de la trama neuronal y reflejo de situaciones sociales susceptibles también, a métodos objetivables.

La adolescencia, Cervantes y las piernas hermosas

Después de la mejoría de mi madre, mi familia muy compacta como siempre, se vino a Caracas. En las aulas de los liceos Luis Razetti y el Aplicación, desde el inicio de la adolescencia, la represión del régimen dictatorial de Marcos Pérez Jiménez, gravitó y orientó tempranamente la conciencia estudiantil hacia la vocación revolucionaria. La radical confrontación bipolar entre el mundo norteamericano y el soviético, nos condujo al intercambio clandestino de los manuales del Marxismo-Leninismo. Llegamos a publicar una pretenciosa revista que denominamos “CES”, siglas de un imaginario Centro de Estudios Sociológicos para la América Latina, editado como tal, para confundir la represión policial. Dos profesores estimularon mi inquietud intelectual en el bachillerato. El profesor Mata Riquezes con su prognatismo de agresivo mentón, y sus citas de los filósofos griegos y contemporáneos, agitaron mi espíritu. La profesora Edith Alvarado, con sus piernas hermosas y cruzadas, exaltaba mi sexualidad, pero al dejar de mirarlas y lograr atender su coqueta docencia, me introdujo en Cervantes, en el Siglo de Oro español y en el mundo literario de todos los tiempos y lugares. Desde entonces hasta hoy me hice adicto a la filosofía y a la literatura. Y a las piernas hermosas.

El bautizo universitario y el exilio precoz

Nuestro ingreso a la Facultad de Medicina, después de un exigente examen de admisión, de unas inolvidables clases de anatomía del temido Maestro Pepe Izquierdo y de Francisco Montbrúm, fue interrumpido por el cierre de la Universidad. En el mismo Anfiteatro del Instituto Anatómico, donde recibíamos aquellas primeras lecciones magistrales, se alternaron frente a nuestros ojos atónitos los inflamados discursos de Manuel Alfredo Rodríguez, Luis Herrera Campins y Héctor Mujica, como líderes de tres agrupaciones políticas, que conocíamos por primera vez y que iban a jugar de una u otra manera un papel en el incierto futuro del país y de la Universidad. Aun recuerdo las manos gigantescas y el vocerrón de Manuel Alfredo con aquel grito de rebeldía que me iba a marcar para toda la vida: “únanse a la gloriosa resistencia que Uds encarnan, y cuando lleguen a sus hogares, digan a su madre, no le traigo el título de doctor pero sí el más honroso de venezolano integral”. Muchos años después, frente a multitudes en muchas calles del país, y a mi lado como integrante de mi propio Comando Presidencial, disfruté de la ironía profunda de su verbo encendido. Al clausurar la Universidad se acallaba la protesta nacional. La U.C.V, como tantas veces en la historia venezolana constituía, una vez más la vanguardia de aquella sociedad atropellada por la dictadura. Se inició el éxodo de centenares de estudiantes, particularmente hacia las Universidades latinoamericanas. No fue fácil para mí, con una convencional y conservadora familia, integrada con cierto grado de fundamentalismo cristiano, particularmente matriarcal, convencerla de un viaje imprevisto y seguir el ejemplo de mis compañeros. Tenía 17 años, en aquella época y para aquel grupo humano, no resultaba muy tolerable el exilio precoz de un adolescente que aun cuando razonablemente formal, ya era filosofante, irreverente y revoltoso. Con la complicidad de tíos obtuve pasaporte, pasajes y mensualidades discretas con dólares a 3,35 bolívares, y una irreductible voluntad de proseguir estudios donde fuese posible.

Guayaquil, Flor de María, la golpiza al Cónsul y un joven cargado de sueños.

Así fui a parar a la Universidad de Guayaquil, frente al río Guayas se inició una etapa determinante de mi vida. Mi nuevo hogar fue un hotel-pensión con ideologizados venezolanos en el exilio, como Aquiles Nazoa, con quienes compartía mi mesada y sus tertulias. Más que la anatomía me atrapaba la literatura y los conciertos de un vecino que extraía de un mágico piano las notas de Mozart y Tchaikovski. Allí se produjo la iniciación de mi vida erótica-amorosa con una apasionada ecuatoriana, Flor María Brunauer, hija de mí respetado profesor de anatomía. Aquella intensa experiencia combinaba el idilio romántico, la vivencia musical, el afianzamiento ideológico y una insaciable curiosidad por toda expresión de la literatura universal. Aquel proyecto existencial en plural expansión y acelerado crecimiento fue interrumpido inesperadamente. Nos llegó la noticia de la apertura de la Universidad de los Andes. Y los voluntarios exiliados debíamos regresar. Los buques de la compañía naviera “Grancolombiana”, integrada por Colombia, Ecuador y Venezuela, partían desde Maracaibo para anclar periódicamente en el Río Guayas en un itinerario que incluía este puerto fluvial, después de hacerlo en el colombiano de Buenaventura, atravesar el canal de Panamá provenientes de Nueva York y desde allí, de vuelta a Maracaibo, en una ruta circular. Con el Capitán de uno de los buques, por el orgullo de no pedir dinero a mi familia, arreglé mi retorno en uno de ellos, como grumete-estudiante. Gran despedida de la novia, compañeros y amigos. Mayor sorpresa y cólera cuando después de varias horas el barco no zarpaba por mi presencia a bordo. El cónsul lo había impedido pues los venezolanos de entonces tenían que obtener el visado para regresar a su propio país y yo era calificado como un peligroso conspirador, y exiliado permanente. Creo que ha sido la única vez que he deseado agredir sin límites a otro ser humano. Y así lo hice, descargando sobre el diplomatico-espía, toda la furia que la frustración, la humillación y el sentimiento de hostilidad provocaba aquel injusto ensañamiento contra un joven tan solo cargado de sueños. Recuerdo que mis compañeros lograron salvarlo de mis puños, para evitar, que la golpiza que le propinase, no tuviese consecuencias más graves. Sin embargo, mi nombre llegó a Nueva York como el de un pequeño héroe, y en el próximo navío, su Capitán Lugo, nombre margariteño que jamás olvidaré, me trajo al país sin importarle los riesgos de exponerse a una temible dictadura.

El viaje polizonte, el jazz y la mirada sombría

El viaje constituyó una formidable experiencia. No acepté los favores del trato preferencial que los oficiales me ofrecieron y buena parte de la travesía pese a su desacuerdo, la hice cumpliendo las más duras tareas, castigado como si se tratara de un aprendiz a polizonte. Y no por vocación masoquista, sino para enriquecerme con la ruda existencia de quienes trabajan, como encarcelados marineros, en los oscuros sótanos de un navío. Cada puerto deparaba novedosas vivencias. Buenaventura, una capilla ocre y una prefectura grisácea al final de pintorescos prostíbulos, lado a lado de sus calles, enfrentados al oceánico azul del Pacífico. Luego el sinuoso y lento navegar por el Canal con panameños andrajosos y engalanados gringos en sus riberas. Y al fin Nueva York, donde dejé mis primeros sesenta dólares de honorable salario, en la negritud de las tabernas de Broadway, de Harlem y de Brooklin, como propinas para las teclas y las gargantas susurrantes del blue que arraigaron para siempre mi adicción al Jazz. Finalmente, Maracaibo, la despedida de los oficiales y marineros, con afectuosidad casi luctuosa, a quien suponían le esperaba la tortura y de tener suerte, una siniestra celda. Con grata sorpresa, mi figura escuálida y mi pálido rostro pasaron lenta e inadvertidamente frente a los guardias, que aguardaban un fornido guerrero. Luego arrinconado al fondo de un autobús, tras catorce horas de carretera, donde cada alcabala resultaba un suplicio, arribé a la Plaza de Capuchinos. Casi de inmediato seguí a Mérida, por cuanto temía que la policía molestase a mi familia. No sin antes escuchar una intuitiva y lapidaria sentencia de mi abuela materna, “Ya este Edmundo no es el mismo, ahora trae una mirada sombría

Mérida y las risas de un jurado

Aquel primer año de Medicina en la U.L.A fue excitante. Debían competir más de dos generaciones de bachilleres provenientes de todas las regiones y Universidades del país. La Plaza Bolívar de Mérida, resultaba estrecha para el cúmulo de estudiantes que la utilizaban en una suerte de torneo memorístico para acertar el texto exacto, con página y autor de la bibliografía del primer año de Medicina. Sentí mucho temor al fracaso porque nunca mi dedicación pudo ser exclusiva para la medicina y no me separaba de mi melomanía ni de mi afición al pensamiento literario o filosófico. Mi primera confrontación con un riguroso jurado universitario, después de haber sido aplazados más de dos decenas de compañeros que me precedieron, me dio una seguridad para toda la vida. Me negué a abandonar la sala del polémico examen oral, hasta que las risas del jurado, me anunciaron su simpatía aprobatoria. Todo lo demás, a partir de ese examen me resultó fácil y exitoso. Había descubierto el secreto del debate en el discurso conversacional.

La generación boba

Al año siguiente se abrió la U.C.V y pudimos continuar desde el segundo hasta el sexto y último año sin interrupciones, cuando nuevamente volvimos a ser centro y vanguardia política del país. Durante esos cinco años, desde 1953 hasta noviembre de 1958, la Universidad permaneció silenciada. Una importante proporción de sus estudiantes se limitó a la actividad académica y posiblemente la impotencia frente a la dictadura los hizo más estudiosos, densos y reflexivos. La ausencia del activismo partidista y del divertimento frivolizante, contribuyeron a la búsqueda de proyectos existenciales de mayor calidad humana y reflexión personal. Es esta una afirmacion que sé resulta paradojal frente a la llamada vida democrática que luego sobrevino superficial y vacía de contenidos principistas. Con una juventud muy distinta a la nuestra, que me hizo en alguna declaración calificarla de “generación boba”. La del hippie, el rock ácido y la droga. Y generó una cascada de comentarios en los medios comunicacionales y hasta se llegó a titular un programa radial juvenil como “La hora de la antigeneración boba de Chirinos”. Al tomar contacto con el Hospital General, al inicio del tercer año de Medicina, se reafirmó mi vocación por una formación humanista. Pese a que en el Hospital Vargas, tuve la suerte de ser alumno de Otto Lima Gómez, con quien coincidía en la aproximación antropológica al enfermo, pero era sólo en teoría, porque la atmósfera hospitalaria transcurría deshumanizada. También fui obligado a hacerme anestesiólogo por mandato de Rojas Contreras quien a su condición de Jefe de la Cátedra de Técnica Quirúrgica aunaba la de ser Ministro del gobierno de Pérez Jiménez. Él seleccionaba ejecutivamente a los futuros médicos que iban a sustituir a las enfermeras, quienes entonces administraban la anestesia en el país. El mundo poco espiritual de los pabellones de cirugía más la frialdad aun más esterilizante de las salas del hospital general, acentuaron mi decisión por la Psiquiatría.

Edmundo Vallecalle: Cerebro y Personalidad

En Austria había conocido a Víctor Frankl un admirado psiquiatra a quien años después traje como mi invitado a Venezuela. El colega vienés había inventado la palabra “logoterapia” que significa “terapia desde el espíritu” en el contexto de su Psicoanálisis Existencial sobre la cual yo deseaba profundizar. Tomé la decisión de inscribirme en la Escuela de Filosofía de la Facultad de Humanidades para asistir a las conferencias de Juan David García Bacca. Cada palabra, cada frase, cada pensamiento de este maestro le daban trascendencia a mi vida y sentido a mi existencia universitaria. Otro personaje, rigurosamente fundamental en mi formación fue Edmundo Vallecalle, quien desde sus primeras lecciones de Neurofisiología, se convirtió en un interlocutor permanente. Su conocimiento sobre el sistema nervioso y el de cómo funcionaban los millones de neuronas cerebrales, ofrecía una cosmovisión que iba más allá del comportamiento humano y lo articulaba con la génesis físico-química de las primeras formas oceánicas de vida. Si pudiesen quedar en mi, vestigios en el conflicto epistemológico que el dualismo genera, el Maestro Vallecalle los deshacía con una sutileza conceptual sencilla y deslumbrante en un diálogo que se hizo cotidiano e insuperablemente esclarecedor. Aún conservo grabadas en cintas muchas de nuestras conversaciones. A él debo mi irreductible pasión por el estudio del cerebro como centro del hombre, en sus interrelaciones con su vida mental y con su mundo social. A él dediqué mi libro “Cerebro y Personalidad” y su muerte ocurrió justo después de haber asumido, mi condición de Rector para la cual tanto me animó. Edmundo Vallecalle ha constituido la presencia intelectual más importante de mi vida.

La derrota de la muerte y la locura

Entre otros profesores, destacaba en la Escuela de Filosofía, Guillermo Pérez Enciso. Fue otro personaje quien tras cada clase, cronometrada en un cerebro privilegiado, acentuó mi interés por la psicología. Con su complicidad, fomenté la creación de la Escuela de Psicología. De modo que después de contribuir a fundarla, me hice su primer inscrito, para sistematizar los estudios de la conducta humana, entonces aun incipientes y por demás especulativos en escala mundial. De modo que me convertí en estudiante simultáneo de la recién estrenada Escuela de Psicología y del tercer año de la Escuela de Medicina. Para completar mi tumultuosa agenda, me fui a ofrecer como espontáneo alumno-interno del Hospital Psiquiátrico de Lídice. En este centro asistencial, mejor conocido como “el manicomio”, que albergaba mil doscientos enfermos mentales iba a iniciar una experiencia que no ha cesado hasta el presente. La de la confrontación diaria, cruda y directa con todas las formas y grados en el conocimiento de la locura. En el Hospital Vargas me ocurrió con el abordaje de la muerte. La cual, a pesar de su irreversibilidad y del efecto más devastador en su inmediatez, se puede aprehender gélidamente sin tener que recurrir a las coartadas que ofrecen como recursos defensivos las ficciones del más allá divinizado o esotérico. Ello fue posible gracias a Blas Brunicelli quien como Jefe de la Cátedra de Anatomía Patológica me permitía realizar autopsias a aquellos pacientes a quienes de una u otra manera había seguido en sus patologías y me proponía conocer hasta el final de sus días. En aquel dramático pero programado aprendizaje, contrastaba los rostros vivientes con los que observaba inanimados minutos después, con la inerte rigidez de la muerte. Aquella que no permite alucinarse con viajes de retorno ni con travesías siderales. Este entrenamiento aparentemente macabro tenía, por el contrario una intención racionalizante. Me familiarizó con la profundidad vivencial necesaria para responder a mi antigua curiosidad en develar los misterios de la transitoriedad de la vida. Ella había sido fuente de torturantes incertidumbres en mi infancia. Esta formación para reafirmar la convicción de la exigua temporabilidad de la existencia humana, me permitió asumir serenamente las tres desapariciones de mis familiares más cercanos, ocurridas posteriormente. En mis brazos. murieron mis padres y mi hermana mayor. Desde entonces he vencido la humana batalla del miedo a la muerte de mis seres cercanos y el de la propia.

Profesional pionero de la medicina en Venezuela además ha brindado su valioso aporte intelectual como rector de la Universidad Central de Venezuela desde 1984 hasta 1988, y Constitucionalista del 1999 al 2000

Médico Cirujano y Licenciado en Psicología y Doctor en Ciencias, títulos obtenidos en la Universidad Central de Venezuela (1958) Adicionalmente cuenta con las Maestrías de Neuropsiquiatría y Psicología Clínica. Titulos obtenidos en la Universidad de Londres, Cambridge, Oxford (inglaterra), Marsella (Francia), Queens College en la Ciudad de New York (USA). Destacado en su desempeño por la permanente actualización en las más avanzadas prácticas mundiales para el diagnóstico y tratamiento de una muy amplia gama de afecciones psicológicas psiquiátricas y neurológicas.

Fue fundador del Colegio de Psicólogos de Venezuela en 1961, candidato presidencial en las elecciones de 1988 por el partido MOMO junto al MEP y PCV, presidente de la Comisión de Educación, Cultura, Ciencia, Tecnología Deportes y Recreación como miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela en 1999.

El Frente Universitario, la rebelión y la consciencia como jugarreta multicelular

A finales del año 1957 se me acercaron algunos compañeros quienes en el Liceo habían formado los núcleos marxistas, aun cuando en su mayoría se encontraban en la resistencia clandestina contra la dictadura. Ellos fueron Nuñez Tenorio y Héctor Rodríguez Bauza. Lo hicieron porque era el estudiante con vida más legal, el de mayores contactos con el liderazgo académico del país y con gran ascendencia sobre mis propios compañeros de Medicina y Psicología. La tarea consistía en iniciar una campaña de proselitismo, información y reclutamiento contra el régimen. Fue así como me convertí en enlace entre el llamado Frente Universitario, y una desconocida Junta Patriótica que actuaba en el ámbito nacional. La Junta Patriótica era liderada por el legendario Santos Yormes, quien después supe que era Pompeyo Márquez. Desde el momento en el que acepté mi nueva responsabilidad política, me dediqué a visitar Institutos, Cátedras, Departamentos, Hospitales y todo lugar donde hubiesen estudiantes y profesores, a fin de invitarles a expresarse contra la prolongación del gobierno dictatorial. No podría afirmar que obtenía respuestas muy entusiastas. El desconocimiento, el miedo y la sorpresa frente a un lenguaje nuevo y a un futuro incierto paralizaban a buena parte de mis compañeros. Mi persistencia lograba que algunos fuesen venciendo el temor de hacerse solidarios con aquella peligrosa gestión. Cuando se celebraba un Congreso Internacional de Cardiología en el Aula Magna de la U.C.V. con asistencia de notables personalidades nacionales y extranjeras, nos pareció excepcional el momento histórico para irrumpir en la sesión solemne de inauguración y denunciar al mundo que en Venezuela había una dictadura. Constituyó una gran emoción hablar por primera vez en el Aula Magna repleta de sorprendidos invitados. De allí marchamos cantando el himno nacional hasta la Plaza Venezuela. Una fila de policías de la tenebrosa Seguridad Nacional, fusiles en ristra, nos aguardaba a la altura del puente sobre la autopista. Tomados de las manos improvisamos una cadena que se enfrentó a aquellos rostros patibularios y con más fuerza, cara a cara, alzamos las voces entonando el himno nacional. Cuando intentaron dejarnos atrapados sobre el puente y entre las rampas de la autopista, retrocedimos a buscar refugio en la Universidad. Teníamos la fuerza que nace de la audacia de la juventud, cuando en ella surge la emoción que suscita derrotar al terror y se mezcla con el instinto de libertad. Es éste, uno de los fenómenos que en el mundo han inscrito incontables hitos en su historia. Y al hombre intentar demostrar que es algo más que una compleja mutación letal de la biología. Aún cuando, no he abandonado con el paso de los años la estremecedora convicción de la tragedia humana al asumir la presencia de la consciencia en el hombre como una jugarreta multicelular.

El 23 de enero y la “misión imposible”

Aquella acción nuestra se convirtió en el comienzo de la rebeldía nacional. Fue el 21 de noviembre de 1957, y desde entonces se conmemora esta fecha como el Día del Estudiante en Venezuela. De inmediato, sobrevino una nueva clausura de la Universidad Central. Y, además de la fecha, quedó inaugurado el puente como escenario de luchas menos heroicas y reiteradamente inútiles, a todo lo largo del medio siglo que acaba de concluir. Desde aquel momento iniciamos un proceso conspirativo contra el gobierno de Pérez Jiménez. Hector Rodríguez Bauza era el contacto nuestro con la misteriosa Junta Patriótica. Cada noche esperábamos la salida de un cine de Caracas. Tres compañeros y un automóvil, constituían nuestro equipo para ejecutar una “misión imposible”, como en la serie televisada de suspenso. Se intentaba convocar al pueblo de Caracas a manifestar contra el régimen. Y el día escogido fue el 21 de enero de 1958. Uno al volante del auto, otro en la esquina más cercana del cine para advertir la eventual presencia policial y el tercero frente a las puertas del teatro a la espera de la salida de su público, para quien habíamos preparado un mensaje muy simple, convocándole a manifestar a las doce del mediodía del día 21 de enero en la Plaza del Silencio. Noche tras noche, continuamos agitando a las puertas de los cines, con mítines relámpagos, sin que estuviésemos convencidos del éxito y consecuencias de nuestras acciones. En ello consiste la hermosa insensatez de la juventud, la cual se va perdiendo con el paso del tiempo. El alzamiento militar, encabezado por Hugo Trejo y que tuvo lugar el primero de enero de 1958, exacerbó nuestra esperanza. Veinte días después aguardábamos que nuestros relojes se acercaran a las 12 de aquel inolvidable mediodía del día 21, para encender las cornetas de nuestros automóviles e irrumpir desde los cuatro costados hacia la Plaza del Silencio. Nunca podré olvidar aquel momento, con el pie hundido en el acelerador de mi Mercury azul atravesar desde la Plaza de Capuchinos hasta la entrada del túnel de las Torres del Silencio, donde dos Guardias Nacionales con metralletas al hombro intentaron detenerme. Sólo recuerdo que cerré mis ojos y hundí aún más el acelerador. Cuando minutos después y a menor velocidad regresaba a la Plaza del Silencio, experimenté el alucinante espectáculo de comprobar como centenares de ciudadanos ondeaban banderas y lanzaban toda suerte de improperios contra el gobierno de Pérez Jiménez, en la más honrosa manifestación popular que haya existido en Venezuela en el siglo pasado.

La Cruz Roja, Pancho Herrera Luque y Miguel Otero Silva

Desde las seis de esa misma tarde se inició un severo toque de queda y mayor represión. Yo me refugié con mi bata de anestesiólogo en pasillos y pabellones del edificio de la Cruz Roja, a sabiendas de que después la policía iría tras de mí. Algunos compañeros y profesores me evitaban después del hipócrita saludo afectuoso, interrogante y atemorizado. Otros estuvieron más cercanos y solidarios. En particular lo estuvo, Francisco “Pancho” Herrera Luque, con quien teníamos constantes y cordiales confrontaciones por su primer libro Los Viajeros de Indias cuyo borrador habíamos discutido muchas veces. Durante las horas siguientes la tensión aumentaba con la llegada de cadáveres y heridos provenientes de refriegas callejeras. Así transcurrió el día 22 y, al final de la tarde nunca olvidaré una conversación a la que me forzaron tres importantes personajes: los doctores Miguel Yerena, quien presidía la Federación Médica; Zony Requena, quien representaba a los profesionales universitarios que laboraban en la empresa petrolera y Miguel Otero Silva, en nombre de los firmantes de un conjunto notable de periodistas e intelectuales que habían protestado contra el gobierno a través de un oportuno documento. Querían, comprensiblemente que les conectase con la Junta Patriótica, con los militares y adultos que representasen mejor el movimiento que aquel mozalbete con quien sólo habían tenido contacto circunstancial. Argumentaron, con sobrada razón que no podían mantener a un país en huelga general y con muertos cada vez en aumento, tan solo porque les había hablado de un poderoso movimiento cívico-militar. Y de no darles mayor seguridad me advirtieron que ellos interrumpirían la huelga al día siguiente y harían volver el país a la normalidad. Fue otro de los momentos que nunca olvidaré. Decidí sincerarme y abrirme con toda la verdad. Confesarles que no conocía ningún militar, ni siquiera a los integrantes de la Junta Patriótica. Pero, con vehemencia, les exhorté a seguir la lucha, ya que un pueblo había manifestado con tanta fuerza y otros venezolanos estaban muriendo por nuestra convocatoria. Enmudecieron, visiblemente conmovidos. Miguel Otero Silva declaró tener confianza en mí. Y los persuadió a que esperaran algunas horas más. Zony Requena me dio un fuerte abrazo y dijo, “yo no sé qué va a pasar, pero lo que sí sé, es que me gustaría tener un hijo como Ud.” Casi terminó en llanto aquel encuentro que se daba en el interior de una ambulancia de la Cruz Roja, cercana la 6 de la tarde del segundo día de toque de queda. Y de incertidumbre nacional.

La primera frustración: solitario, taciturno y sin prisa

Las horas siguientes fueron de ansiedad general. Le pedí a Joel Valencia Parpacen como Director de la Cruz Roja y hombre vinculado a A.D. una ambulancia para eludir la vigilancia de las calles patrulladas por la policía política y la Guardia Nacional e intentar llegar hasta el barrio El Guarataro, en la parroquia de San Juan. Allí se me dijo que íbamos a activar una emisora clandestina. No me creyó o no se quiso arriesgar, pero me la negó, y cercenó mi única posible conexión con nuestro peculiar movimiento. La angustia crecía minuto a minuto. Los rostros de aquel grupo humano que se sentía absurdamente prisionero se tornaban cada vez más resentidos que cómplices. Ostensiblemente rehusaban mi cercanía. Después de la medianoche, la televisión y la cadena de radio, anunciaron la huida del dictador. Si bien me sentí feliz, esa misma noche comencé a conocer la superficialidad del poder político, en los abrazos y felicitaciones de quienes minutos antes recelaban de mí. Sobre todo cuando entre otros nombres mencionados, el mío fue citado en aquella emocionante emisión televisada, convocándome a que me hiciese presente en una inmediata reunión con el nuevo Presidente de una Junta de Gobierno Cívico-Militar. Se llamaba Wolfang Larrazabal. Era Contralmirante y llegó a ser un gran amigo. Entonces, si fui merecedor de alborozados elogios, y de exceso de ofertas para mi traslado. Con mi atuendo de cirujano llegué en ambulancia a aquel primer encuentro en RCTV. En él se iba a anunciar la restitución de la “democracia” en Venezuela. Desde un rincón, observé el desespero de mis “patriotas amigos” y el de otros respetados venezolanos, quienes se disputaban los micrófonos para contar sus “arriesgadas” actuaciones en el derrocamiento del dictador fugitivo y abrazaban con bochornosa pleitesía al nuevo jefe. Salí sigiloso y asqueado. Caminé solitario y sin prisa las calles que van desde la esquina de Bárcenas hasta la Cruz Roja. Desde las ventanas de las casas la gente enloquecida de alegría gritaba y reía a una madrugada que creían esperanzadora para Venezuela. Y veían pasar, con extrañeza a aquel joven delgado con gorro, mono y botas de cirujano, arrastrando sus pies lentamente, cabizbajo y taciturna la mirada. Como la que había descrito la abuela, pero con lágrimas en los ojos. Había descubierto que en este país no había ocurrido nada.

El primer ejercicio del poder universitario

Los días inmediatos fueron aturdidores. El nuevo Presidente me citó a Miraflores para que le recomendara nombres de Ministros. Entre otros nominados sugerí, para Educación el nombre de Julio de Armas quien una vez designado, me pidió un candidato para Rector de la Universidad Central. Durante varios días, cumplí la tarea de elegir al Rector de la UCV. Jesús Mata de Gregorio era mi profesor de psiquiatría y en su casa comentaba con su habitual visitante Pablo Neruda sus poemas y el incierto destino de Chile. Al amigo e intuitivo psiquiatra le pedí que me acompañase, como testigo y consejero a entrevistar a todos los que a nuestro juicio eran “rectorables”. No voy a mencionarlos por que casi todos han sido hombres dignos, pero nos molestaba su inmediata aceptación después de la entrega verbal y escrita de sus extensos diseños curriculares. El único quien se negó fue Francisco De Venanzi y con su frontal estilo dio como razones el de su concepción de la Universidad, en la cual un estudiante no podía escoger al Rector porque después iba a querer gobernarla. No insistí. Al salir le comenté a Mata de Gregorio y a los muchachos del Frente Universitario que ya teníamos Rector. Al día siguiente De Venanzi le aceptó al Ministro Julio de Armas, con la condición de ser Rector-Presidente de una Comisión Universitaria, integrada por un destacado profesor como representante de cada Facultad. Esta Comisión tenía la misión de redactar la Ley de Universidades, gobernar la UCV y orientar las de los Andes y la del Zulia. Al Rector De Venanzi no le importó escoger conmigo los diez representantes de las Facultades. La de Ciencias no existía. Instalada la Comisión, por unanimidad, me designaron como único Representante Estudiantil.

Un encendido jacobino y mis primeras náuseas

Programé asambleas de profesores en cada Facultad, para crear una nueva estructura participativa a fin de elegir a los Decanos y Consejos de Facultad. Empecé por las dos Facultades que mejor conocía por ser o haber sido estudiante de ellas, las de Medicina y Humanidades. Los profesores y autoridades de Medicina fueron convocados al Auditórium del Hospital Clínico. Aquel encuentro fue el primer acto no sólo universitario sino del país, en la nueva etapa que empezaba a vivir Venezuela. Allí en un discurso que improvisé cual encendido jacobino y cuya grabación conservo, ataqué con inusitada vehemencia a aquellos profesores que según mi implacable juicio no habían sabido serlo. Culminé la primera arenga de quien había sido un moderado e introvertido estudiante, pidiendo las renuncias del Decano y del Consejo de Facultad de Medicina. Y se produjeron de inmediato, entre atemorizados y paradójicos aplausos de mis desconcertados profesores. Enseguida propuse al cardiólogo Carlos Gil Yépez como Decano, y a Jesús Mata de Gregorio, Otto Lima Gómez, Máximo Corrales, Henrique Benain Pinto y Augusto León como integrantes del nuevo Consejo de Facultad. Luego el auditórium me propuso como Representante Estudiantil ante ese Consejo de Facultad. Al final del acto volví a sentir la náusea del poder político ante la genuflexión particularmente de aquellos profesores que había denunciado.

Francisco De Venanzi, Rector de Rectores o como debe ser un Rector.

Cuando estaba reunida la Asamblea de la Facultad de Humanidades, me llamó el magnífico Rector De Venanzi y con la tenue sonrisa que aprendí a conocer y respetar me dijo: el Rector soy yo. Ciertamente, fue un Rector como debe y tiene que ser un Rector. Cuando falleció, después de muchos años de lucha compartida el 13 de Septiembre de 1987, en medio de la gran nostalgia que flotaba en aquel Paraninfo en donde tantas veces habíamos actuados juntos, me correspondió despedir a quien había estado tan cerca de mi vida personal y universitaria como un verdadero académico y amigo. En mis palabras, destaqué la importancia de su imagen austera, densa, audaz y equilibrada que había permitido hacer emerger a la Universidad tras diez años de dictadura. Recordé que alguien había dicho que todo poeta es una herida y que Francisco De Venanzi había sido un poeta de la ciencia y una herida permanente, con su sangre fluyendo por las arterias y las venas de su palpitante corazón, que era el mismo de la Universidad. Después del regaño del Rector me fui a la Asamblea, que en mi ausencia se había transformado en la reunión fundadora de la APUCV. En ella tuve que rechazar una absurda nominación a integrar como supuesto representante estudiantil, la primera directiva gremial de profesores. Preludio de la demagogia que luego iba a ser epidémica y finalmente endémica para deterioro de la Universidad y del país. Fue intensa y creativa la actividad que desarrollamos desde la Comisión Universitaria. Redactamos la Ley de Universidades y un conjunto de reglamentos y resoluciones para el manejo de situaciones y estructuras que íbamos generando aceleradamente por la acción del nuevo gobierno universitario. Creamos la Facultad de Ciencias, el Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico, así como muchas otras instancias, que luego incorporamos al articulado del proyecto de Ley de Universidades que redactábamos simultáneamente. Reincorporamos, con toda honorabilidad a los profesores que habían sido expulsados por la dictadura recién derrocada. A través de cada Decano se inició una revisión y actualización de todos los diseños curriculares a fin de adecuar los egresados universitarios a los requerimientos del país Con el mismo fin se reestructuraron nuestras instituciones internas para estimular la producción investigativa y el nivel de la docencia universitaria.

Rómulo Gallegos, Honoris causa

Como orador estudiantil, viví los dos actos más emotivos y trascendentes que han tenido lugar en el Aula Magna. Uno fue el del conferimiento del Doctorado Honoris Causa a Don Rómulo Gallegos. Después de las intervenciones del Rector De Venanzi y de Mariano Picón Salas hube de improvisar un discurso frente al memorable escritor y último presidente electo. Terminé mis palabras con las frases finales de Doña Bárbara, anunciándole al maestro Gallegos que le esperaba una nación, algo más que la llanura venezolana. “Propicia para el esfuerzo, como lo fue para la hazaña, tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena, ama, sufre, y espera”. Don Rómulo sollozante, de pie y sacudido por el temblor, me abrazó frente a un Aula Magna conmovida, como nunca volví a verla, a pesar de tantos actos que me correspondió presidir en ella. Tuvo que ser así, porque la Universidad homenajeaba al venezolano con el mayor prestigio y aquel era el primer acto público, académico y político, que tenía lugar en Venezuela después de diez años de silencio dictatorial. Recuerdo que también conocí por primera vez, en la fila delantera, los rostros emocionados de cuatro venezolanos, que regresaban del exilio y que habían sido e iban a continuar siendo protagonistas de la historia venezolana: Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Jóvito Villalba y Gustavo Machado.

La autonomía universitaria, Rómulo Betancourt y Prieto Figueroa

El segundo gran acto fue el de la proclamación de la Ley de Universidades que consagraba la Autonomía Universitaria. Wolfang Larrazabal había renunciado a la Presidencia para postularse como candidato presidencial. Edgar Sanabria, desde la presidencia provisional del país y como gran universitario, había contribuido a la aprobación de la Ley que celebrábamos, y presidía el acto junto al rector De Venanzi. Rómulo Betancourt, desde el palco rectoral del Aula Magna abandonó el recinto, cuando en mi discurso le aludí al hablar de los venezolanos que enturbiaban con su presencia la majestad de aquella ceremonia, pues habían traicionado la ideología que cuando jóvenes habían defendido. Ante la inesperada salida de Betancourt, que a toda prisa y sin escoltas caminó hacia la Plaza Venezuela, Jesús Carmona quien ejercía la Presidencia de la recién creada Federación de Centros Universitarios, inten¬tó detenerle sin éxito. No fue el único incidente con Betancourt, los siguientes fueron más graves. Un grupo de venezolanos, preocupado por la precoz aparición de candidaturas partidistas frente a un pueblo sin formación ideológica, creyó conveniente la postulación independiente de Rafael Pizani, y proponíamos un período de espera para que tuviese lugar un aprendizaje de vida democrática sin el acoso del proselitismo partidista. Hubo receptividad por parte de Caldera, de Larrazabal propuesto por Jóvito Villalba y de Gustavo Machado. La respuesta de Betancourt, con Luis Beltrán Prieto Figueroa a su lado, fue violenta e indignante. Frenético y sin vernos a la cara le ordenó al Maestro Prieto que nos informara a ese “rectorcito y bachillercito” cuantos “voticos” tenía él con su partido. Antes de que De Venanzi respondiese le exigí enardecido, guardase respeto al Rector y a quienes le habíamos pagado su cómodo exilio en Costa Rica, mientras padecíamos directamente a la dictadura. Aquel fue un desencuentro brutal que nadie se esperaba. Y fue el Maestro Prieto, avergonzado pero con su humor y sabiduría quien logró conducirnos hasta la salida, mientras Betancourt vociferaba con su atiplada voz. Muchos años después Luis Beltrán Prieto rompió con Betancourt y fundó al M.E.P que agrupaba lo mejor de A.D. después de la salida del M.I.R. Y más de dos décadas después, a mi salida como Rector me postulaba, con otros grupos políticos, a la Presidencia de la República.

De nuevo Rómulo Betancour

El tercer incidente fue el más grave. Ocurrió después que los estudiantes apedreáramos al Vicepresidente Nixon en las calles de Caracas y Betancourt convocara a “las fuerzas vivas” para que desde la televisión moderásemos la ira popular. A la salida de la UCV pedí a Arístides Bastidas, con quien colaboraba para su columna de El Nacional, que me llevase a la reunión con el Presidente. Allí frente a él, expliqué que no compartíamos el acto a favor de Nixon. A la salida, gentilmente Alejandro Hernández, quien era Presidente de Pro-Venezuela se ofreció para traerme a la UCV. Cuando entré a su automóvil, para sorpresa de ambos estaba Rómulo Betancourt, quien como saludo hundió un revolver en mi costado, y le dijo a Alejandro Hernández que yo era “un joven peligroso”. La discusión fue del más subido tono. La violencia de aquel diálogo era tal, que al llegar a la puerta norte de la Ciudad Universitaria, exigí que no se permitiera que Rómulo Betancourt ingresase a la Universidad. Y, efectivamente, creo que Betancourt nunca volvió a la UCV. No mucho tiempo después, a mi regreso de un viaje a Cuba, fui hecho prisionero por orden suya. Compartí mi primera y enriquecedora experiencia carcelaria con amigos como Germán Lairet, Francisco Mieres y Douglas Bravo. Este último me propuso fugarnos para escapar a la montaña. En su fantasía él iba a ser Fidel y yo el Che. Pero además de las reservas frente al destino guerrillero, me preocupaba el sacrificio de una inevitable masacre interna. Con acierto y sin muertos programé su exitosa huida. Douglas Bravo nunca fue capturado, y se hizo el más importante líder en la guerrilla falconiana. Yo podría entender mi prisión y la de ellos, pero nunca perdonaré la de Salvador de la Plaza, ya de avanzada edad y quien fue mi compañero de celda. Su único delito consistió en no haber cedido a suspender una columna crítica sobre la economía del régimen de Betancourt, que escribía en el diario El Nacional. Mis guardias de entonces me advirtieron que no intentara escapar, pues había orden expresa del Padre de la Democracia, de disparar contra mí.

Qué es lo que de mi cerebro impregna mi espíritu

Después de mi grado de Médico-Cirujano continué como estudiante del tercer año de Psicología. Desarrollaba una intensa actividad académica y profesional. De inmediato me inicié como docente en la Universidad Central. En su Escuela Vargas de Medicina como profesor en las Cátedras de Clínica Médica, y en la Escuela de Bioanálisis en la Cátedra de Fisiología. En la propia Escuela de Psicología, compartía con Edmundo Vallecalle la Cátedra de Neurofisiología y luego la de Psicofisiología. En ella pude desarrollar mi programa inspirado en su enseñanza. A lo largo de una audaz temática intentaba, en un interactivo curso con los alumnos, trasmitirles las inquietudes gnoseológicas de aquella pregunta de Goethe “que es lo que de mi cerebro impregna mi espíritu.” Y les proponía resolver los enigmas sobre las interrelaciones entre la actividad cerebral y la conducta humana. Simultáneamente hacía mi post-grado en Psiquiatría, que dirigía dentro de una bohemia alegre pero formativa, Jesús Mata de Gregorio. La Cátedra de Psiquiatría había sido fundada por Raúl Ramos Calles. Compartí con él muchos pacientes y fue un psiquiatra brillante, versátil y bondadoso. Por ello, recientemente, he tenido la gratificación de haberle podido bautizar con su nombre la calle donde se encuentran la Clínica El Cedral y el Instituto de Clínicas y Neurociencias: Clineuci, bajo mi dirección. Cuando iniciamos el proceso de cambios estructurales, desde la Comisión Universitaria, sólo estaba designado como profesor de la Cátedra de Psiquiatría Jesús Mata de Gregorio. Con él y en mi condición de Representante Estudiantil en el Consejo de la Facultad de Medicina, ampliamos la Cátedra con nuevos profesores. Ya habíamos dividido la original Escuela de Medicina, en las dos actuales con los nombres de Vargas y Razetti- Entonces distribuimos traviesamente a nuestros psiquiatras en una u otra Escuela dependiendo de su formación académica y de su grado de conflictividad personal.

Fidel, el Che y Allende

En enero de 1959 llegan Fidel Castro y Ernesto Che Guevara a la Habana y se inflama de aspiración revolucionaria, toda la América Latina. No podíamos escapar los jóvenes de Venezuela a los acontecimientos cubanos. Imposible describir en este texto las innumerables repercusiones que trajo a la dinámica política del país, a la vida de la Universidad y a la existencia propia. Sobre todo para quienes habíamos experimentado la frustración del 23 de enero de 1958. Nos preguntábamos qué hubiese sucedido en Venezuela y en todo el continente, si una invasión como la de la Sierra Maestra hubiese ocurrido entre nosotros. Sin embargo, no nos amilanamos. A los pocos días estábamos en la Habana. Nuestras tertulias con Fidel y en especial con el Che eran interminables. Trajimos a Fidel a Venezuela. Le organizamos dos actos, uno en el Silencio y otro en el Aula Magna. Yo estaba a su lado frente a una multitud, cuando Fidel se volvió hacia nosotros y exclamó, que no entendía como con un pueblo como aquel que teníamos, no hubiésemos hecho la revolución. También el Aula Magna lo ovacionó de pie. Betancourt debió estarse retorciendo de odio cuando le organizamos un encuentro con Fidel. Después de la entrevista de ambos líderes Fidel nos contó que había hecho enmudecer a Betancourt cuando se le ofreció como su segundo comandante. Él le propuso a nuestro expresidente que aceptara encabezar la revolución por cuanto era más factible su propagación, desde un país no insular como Cuba, y en la tierra firme de todo un continente. Siempre he sostenido la teoría, habiendo conocido la mezquina y engreída personalidad de Betancourt, que más que consideraciones socioeconómicas y geopolíticas prevalecieron en él, su temor a ser un segundón de Fidel, como de todos modos lo fue. Su feroz anticomunismo e incondicionalidad frente al gobierno norteamericano, fue una conversión oportunista de aquel agitador marxista-leninista en los movimientos estudiantiles de la década del treinta.

Una guerrilla en la montaña es un embrión de Estado

Nuestros viajes a la Habana se hicieron cada vez más frecuentes. Tuve la nutritiva oportunidad de conocer al Che profundamente A través de largas pláticas y sin límite de tiempo, en su refugio o en el malecón habanero. Era denso, esencialmente humano y radical, introvertido de tono melancólico pero de una firmeza espiritual conmovedora en su vocación de transformar la América latina. También conversé mucho con Salvador Allende A él me acercaba no sólo la política sino nuestra común condición de ser psiquiatras. Con la soberbia propia de los sureños, pero brillante y resuelto a desarrollar en Chile el socialismo a su manera. En alguna ocasión, con el Che y con Allende como médicos participamos en el centro de la vieja Habana en una interesante redada de gente aparentemente antisocialista, cuando la entrevistamos comprobamos que, en su mayoría, sólo se trataba de diversas formas psicopatológicas que fueron a parar al Hospital Psiquiátrico de Mazorra del Comandante Ordáz. Pero la discusión de mayor trascendencia, ocurrió en el lobby del antiguo Hilton. Estaban conmigo dos venezolanos: Fabricio Ojeda y Héctor Rodríguez Bauza, los otros presentes eran Fidel Castro, el Che Guevara y Salvador Allende, quien a propósito de las elevadas cifras electorales que había obtenido en Chile, con elegante petulancia prometía que él iba a hacer la revolución en su país por la vía de la democracia electoral. Fidel le respondió, que no dudaba de su ascenso al poder, pero le vaticinó su futuro fracaso. Afirmó que lo importante no era llegar al poder sino ejercerlo, y para ello había que tener el control de un ejército propio. Y mirándonos a nosotros nos emplazó dentro de su característica solemnidad con esta demandante frase: “en las montañas de Venezuela una guerrilla es un embrión de Estado”. Con aquella sentencia lacerando nuestro espíritu volvimos a Venezuela, a participar con más vehemencia que preparación para implicarnos en una lucha armada cuyo destino toda Venezuela conoce

Los viajes, el amor a una hermosa alemana, Herman Hesse y el Lobo Estepario.

Sobrevino una época de numerosos e intensos viajes por todo el mundo. Realizados por diversas razones y motivos, en todos escudriñaba la naturaleza humana para indagar si ciertamente existían radicales diferencias en lo profundo de los seres que habitaban disímiles culturas Recorrí no sólo toda la Europa occidental, sino el mundo socialista. Constantemente viajé de Praga a Moscú y a todos los países de esa órbita: Polonia, Rumania, Bulgaria, Hungría, Albania y Yugoslavia. Pero las más fascinantes visitas fueron a China. En Pekín asistí como Jefe de la delegación venezolana al Primer Congreso Mundial de Estudiantes. Me acompañaron Jesús Carmona, Máximo Corrales y Jorge Castillo quien recientemente me sorprendió con un juego de fotos de aquel encuentro. En China oímos de los propios labios de Mao Tse Tung y Chou en Lai sus personales versiones de la Gran Marcha revolucionaria de aquel inmenso pueblo asiático. Recorrimos buena parte de la China milenaria, en cuyos aeropuertos, multitudes de jóvenes dejaban una estrecha vereda para que el avión aterrizara y al salir de él nos abrumaban con flores y cantos a la Paz, para mostrarnos un mundo mejor. En Shanghai se intensificó y formalizó mi enamoramiento por Ingrid, la hermosa representante de Alemania que terminó en un trágico romance. Nos amábamos pero fue una experiencia dramáticamente pesarosa. Después de idílicas semanas habíamos programado abordar el mismo avión de retorno hasta Europa. Desde Pekín regresamos a Moscú vía Irkutsk, ya que se debía hacer escala en Siberia para la provisión de combustible. Por equivocación y azar, tomamos aviones diferentes desde la capital siberiana. Con tardanza y sin éxito habia intentado traerla de nuevo al mío. El avión de Ingrid, estalló en el aire y murió con decenas de estudiantes de diferentes naciones del mundo. Ignorante del accidente la esperé vanamente y por muchas horas en el aeropuerto de Moscú. Su voz, su risa, su inteligencia, su pensamiento universal, la espléndida sensualidad de su belleza y su, afición compartida de Herman Hesse, reiteran aún con aflicción en mi memoria. Con dolorosa nostalgia viajé luego, de Praga a Suiza a encontrar a Herman Hesse. Su muerte estaba cercana y él había sido el escritor que influyó, más que ningún otro autor, mi primera adolescencia. Fue un asceta, visitante como yo de la India, refugiado en las parábolas de Buda y en la atormentada vida de quien fuese mi paradigmático personaje, el huraño Harry Haller de su Lobo Estepario, solo para locos. Devoraba cada uno de sus libros desde mis años de pubertad liceista, y me había contagiado con la melancolía de su visión crítica y contemplativa de la existencia cotidiana. Con su última novela “El Juego de Abalorios” regresé a Caracas.

La Revolución Cubana

En la Universidad la repercusión del proceso cubano fue extraordinaria en todos sus niveles. Se produjo una masiva incorporación al movimiento revolucionario. Desde el ascenso a las montañas en la militancia guerrillera o en acciones urbanas y en la intensa ideologización de diversos sectores de la población. La imagen del Che y la de Fidel ocupaban la pancarta, el grafiti, la portada de miles de textos y panfletos que se multiplicaban en todo el pais. Y nuestras residencias estudiantiles en la Ciudad Universitaria, llegaron a bautizarse con los nombres de Stalingrado y Sierra Maestra. El partido de Betancourt quien se había convertido en represivo perseguidor de todo simpatizante por Cuba, sufrió la pérdida de su más talentosa dirigencia con Domingo Alberto Rangel, Américo Martín y Moisés Moleiro. El fracaso del movimiento se hizo continental pero dejó huellas que recientemente han encontrado otras formas de expresión, Sin embargo generaron una inmensa frustración en miles de estudiantes y profesores de nuestra Universidad Central y en otras instituciones educativas del país. Entonces se permitió a muchos de los que como yo, no nos habíamos separado de la actividad académica ni profesional, salir al exterior para continuar estudios e investigaciones de Postgrado.

Noviazgo y Matrimonio, Felícitas Kort.

Un año antes yo había contraído matrimonio con una hermosa joven judía, quien se había formado en Toronto y, desde Canadá, había venido a hacer su primer año en nuestra Escuela de Psicología. Ella nació en la minera ciudad boliviana de Oruro, después de que sus padres, huyendo del nazismo, hubieran cruzado la selva brasileña. Su padre había sido Director de la Sinfónica de Viena y su madre, una relacionista pública de Bulgaria. Mi esposa, que se llama Felícitas Kort, o Pupi como le decíamos, había sido mi alumna en Psicología, y era culta, políglota y de excepcional belleza. Y por su independiente formación europea y canadiense, nos movíamos con libertad dentro y fuera del país, lo cual no era permitido entonces a una joven tradicional venezolana. Todo nuestro intenso noviazgo marchaba bien hasta que sus padres temieron que la relación se tornara matrimonial. Se ponía en peligro la tradición judaica de la familia. Y mi activismo político suscitaba en ellos dolorosas vivencias del pasado. Casi todos los hermanos de ambos padres, habían sido torturados y cremados en el campo de concentración alemán de Dachau, cerca de Munich. Y, comprensiblemente en ellos habia aversión hacia la política y la violencia que yo representaba. Al saber cuestionada nuestra unión, con la arrogancia de un joven soberbio, pretendí convencerlos en una memorable velada. En su hogar conversamos cordial y evasivamente sobre temas de interés compartidos con el padre, como las óperas Wagnerianas o el Zaratustra de Nietsche, y con la madre sobre la influencia otomana en la moda eslava de su natal Sofía. Felícitas o, mejor Pupi escuchaba silenciosa aquél erudito diálogo surrealista. Y para nada se habló de nuestra idílica relación de pareja. No lo consideré necesario. Estúpidamente había creído que mi ridícula universalidad cultural y mi cómica autosuficiencia podían neutralizar la fuerza fenomenal del judaísmo, sobre el cual yo era un imperdonable ignorante. Al día siguiente comencé a conocerlo, cuando la sacaron del pais en contra de mi voluntad y de la suya. Se inició entonces la más dramática y romántica de las aventuras con una persecución amorosa para encontrarla que incluyó escenarios propios de “Casablanca”, mi película favorita. Estuve tras ella sucesivamente en Nueva York, El Cairo, Tel Aviv, Ginebra, Miami. En fin, fue una pasión itinerante que bien valió la pena vivirla. Sus hermosos detalles dentro de esta semblanza que me ha pedido la Universidad podría resultar fuera de lugar. Al fin, después de una aventura digna de una telenovela de amor por sus incidentes y vivencias, la hice mi esposa. En el matrimonio civil, que fue el único y no obstante haberme reconciliado con sus padres, estuvieron presentes además de mi estrecho núcleo familiar, Héctor Rodríguez Bauza y Héctor Mujica, quienes más que como testigos legales representaban mi vinculación ideológica. Años después de haberme divorciado de ella, la sigo respetando y amando, en la dimensión del título de la novela gringa De qué amor hablamos cuando hablamos de amor.

Una agitada agenda

Había transcurrido un año de mi matrimonio y terminado el primer Postgrado de Psiquiatría y la Licenciatura de Psicología. En el país el movimiento revolucionario lucía derrotado. Mi actividad profesional y docente se hacía cada vez mayor y diversificada. Ejercía como psiquiatra del Manicomio de Caracas y de la Clínica Coromoto. Actuaba como Jefe del servicio de Anestesiología del Hospital Periférico de Coche y era el Anestesiólogo del Hospital Quirúrgico de Casalta. Administraba anestesias en el Centro Médico de Caracas. Como profesor formaba parte de las Cátedras de Clínica Médica y de Psiquiatría en el Hospital Vargas. Sucesivamente dictaba las Cátedras de Neurofisiología, Psicofisiología y Psicología Clínica, todas en la Escuela de Psicología. Había fundado el Colegio de Psicólogos de Venezuela en 1961 y era su reelecto Presidente. Y actuaba como Vicepresidente de la Federación de Colegios Universitarios de Venezuela, organismo que habíamos creado para integrar a todas las Juntas Directivas de los gremios universitarios existentes en el país. Y finalmente, como si todo esto fuera poco, con relativa puntualidad, atendía una numerosa consulta privada como Neuropsiquiatra y Psicólogo Clínico

Inglaterra de Freud a Eysenck.El Cerebro Viviente.Londres, Bristol, Cambridge.

Me sentía atrapado, sobre todo por la intensa dinámica académica de la Escuela de Psicología. Y ante la oferta de ser su Director, preferí abandonar el país con mi esposa. Había visitado en mis frecuentes viajes a Europa al Instituto de Psiquiatría de la Universidad de Londres que funcionaba en el Maudsley Hospital y lo consideraba el centro mundial de esta disciplina. Por ello lo escogí para un mayor entrenamiento clínico y experimental. También estudié electroencefalografía en el Instituto de Neurología de la misma Universidad, buscando metodologías neurofisiológicas para aplicarlas a la investigación cerebral en los trastornos mentales. En psicología experimental, trabajé con Eysenck en su Departamento del Maudsley Hospital. Este investigador de origen alemán compartía con el norteamericano Skinner el más reconocido prestigio en el mundo científico de la Psicología. Con ambos hice trabajos de investigación en la línea experimental y conductista. En Cambridge estudié Genética en la búsqueda de los cromosomas de los neurotipos. En fin, trasladé mi hiperactividad caraqueña al mundo británico. Nos habíamos mudado a un gratísimo apartamento en el bohemio y elegante barrio de Hampstead, en la misma calle Maresfield Gardens y Coincidencialmente casi frente a su casa número 20, donde había vivido sus últimos años Sigmund Freud, hasta su muerte en 1939. Era inevitable cierta fatiga que con mi esposa experimentábamos, en el cotidiano ascenso de la empinada colina que comunicaba nuestro hogar con la amplia avenida de Finchley Road. Fantaseábamos a menudo sobre los pensamientos que el fundador del Psicoanálisis podría haber elucubrado al subir aquella colina, como exiliado y venerable anciano. En alguna ocasión le sugerimos a su hija Anna, quien todavía habitaba aquella casa, que la transformase en Museo. Hoy le visitan centenares de admiradores del genial maestro vienés. Fue lamentable que Pupi, mi mujer, quien siempre ha sido una interesada e inteligente estudiosa de la Psicología, no pudiese aprovechar el tiempo en esta área, por trabas burocráticas del sistema educativo británico. Ella intentó suplir su comprensible frustración con cursos avanzados en las lenguas que manejaba. Otra interesante experiencia formativa la obtuve con Grey Walter, quien dirigía el Burden Neurological Institute en Bristol. Desde que leí su fascinante libro El Cerebro Viviente había seguido sus trabajos en electroencefalografía porque ha sido el introductor de las relaciones entre ciertas formas de comportamiento y los ritmos eléctricos cerebrales Por ejemplo lo que ocurre en el cerebro en el instante en que se produce una frustración u otro episodio ansioso. Buena parte de los estudios que hago en mis pacientes sobre potenciales cognitivos cerebrales derivan de sus investigaciones. Aquel singular personaje británico, cada mañana llegaba al laboratorio en moto y con atuendo hippie recitando sonetos de Shakespeare y tarareando canciones de los Beatles nuestros aún desconocidos vecinos de Liverpool. Aprendí de Grey Walter, no sólo fisiología sino también a entender el enrevesado inglés del Ulises de Joice. Y ha sido el más irreverente y genial neurofisiólogo que haya conocido.

Bertrand Russell, la lógica de las matemáticas y la especulación metafísica.

El Instituto de Neurología de Londres, al cual debí acudir por una temporada, está muy cerca de una plaza que lleva su nombre en honor a Bertrand Russel. Se llama Russel Square. Allí me encontré varias veces con quien es considerado el más brillante filósofo inglés. Me regaló la edición original de las dos obras que más habían sacudido mis tímidas intromisiones como estudiante aficionado a la filosofía. Una es la denominada The Analysis of Mind, (El Análisis de la Mente) y la segunda, titulada Human Knowledge, Its Scope and Limits. (El conocimiento humano, su alcance y limitaciones). Y en una de las paredes de mi consultorio conservo enmarcado el texto original con su firma, de una carta fechada el 30 de junio de 1964, que a petición mía envió a Rómulo Betancourt censurando la represión de su gobierno. Nunca recibió respuesta, ni se permitió su reproducción en Venezuela. En un diálogo fluido y sencillo aquel venerable y activo pensador de 90 años, en su casa o en los bancos de Russel Square me enseñó a rechazar la especulación metafísica a través de la fundamentación lógica de las matemáticas. Algún tiempo después con su pedagógica ironía Juan Nuño, quien era un estudioso de su obra, me asistía para un mayor aprendizaje en el conocimiento de la filosofía del inolvidable pensador inglés.

El Divorcio Matrimonial la Escuela Francesa y una Tesis Doctoral

Cuando sentí que la formación inglesa tocaba a su fin, quise completarla con la que proporcionaba la Escuela Francesa de Marsella, donde resplandecía el nombre de Henry Gastaut, gran figura de la Electroencefalografía y en la investigación de las Epilepsias. Por las mañanas disfrutaba las excepcionales disquisiciones del sabio francés, en el célebre Hospital La Timone, donde murió Rimbaud. Y cada tarde con Robert Naquet trabajaba en investigación neuro-farmacológica experimental en gatos, en el famoso Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia. En el CNRS, así son sus siglas, se concentraban los más heterogéneos y calificados investigadores del universo científico internacional. Dentro de esta atmósfera había comenzado a trabajar en lo que he llamado, “Indicadores Psicofisiológicos en posibles variables Neurotipológicas de Personalidad” y cuyo proyecto mereció el aplauso cuando lo presenté ante la audiencia más calificada del mundo en esta disciplina. Allí se encontraban Gastaut, Naquet, y Grey Walter.. El conjunto de mis trabajos que luego integré para mi tesis doctoral sé inspiraron en los aportes de Gray Walter y en el discurso de Edmundo Vallecalle. Obtuvieron Mención de Honor cuando los presenté en Venezuela para obtener el título de Doctor en Ciencias Fue en Marsella, frente al intenso azul del mediterráneo y el de los amarillos de los Girasoles de Van Gogh, donde sufrí una de las experiencias sentimentales más desastrosas de mi vida.. Mi matrimonio marchaba felizmente con recíproco y apasionado amor. Pero mi excesivo trabajo constituía un importante obstáculo que nos distanciaba, por la relativa inactividad de ella. Y ciertamente, por mi proyecto existencial dedicaba más tiempo al trabajo científico y al proceso revolucionario social, lo cual ciertamente contrastaba con la dedicación a una vida restringida al hogar. Por ello, con gran pesar de ambos, nos divorciamos. Ella regresó a Venezuela y después de algún tiempo logró continuar sus estudios de psicología de pregrado y postgrado en excelentes Universidades americanas y hacerse un nombre profesional exitoso

“Una tirada de dados nunca abolirá el azar” y más a lo largo que a lo ancho

Yo permanecí bajo la huracanada brisa marsellesa congelándome los huesos, al atravesar las columnas de concreto de mi morada, urdida por Le Corbusier y viviendo una profunda soledad. La habitaba con el obcecado trabajo En mi tiempo libre, ahondaba en el simbolismo y surrealismo francés. Escudriñaba en su propio idioma el poema de Mallarmé Un Coup de dés jamais n’ abolira le hasard , (Una tirada de dados nunca abolirá el azar), y en el de Valéry “La Cimetiere marin” (El Cementerio Marino). De allí a los poemas de Bretón, de Baudelaire, de Verlaine, de Rimbaud y el regreso a Borges, a Vallejo, a Pessoa y Benedetti. Y hasta, me atreví a escribir mis propios versos cargados de abstractas añoranzas. Y como siempre en muchas mujeres reiventé al amor. No sé qué hubiese sido de mi vida sin ellas. No puedo negar que han estado presentes más a lo largo que a lo ancho de toda mi existencia. De ellas conservo siempre un agradecido e indeclinable respeto y afecto por todas las que he amado a mi manera.

Los Hijos “La insoportable levedad del ser”

Después de aquella terrible separación, pensé que quizás hubiésemos podido suspender nuestro convenido acuerdo de evitar hijos, el cual se vio debilitado tras un aborto espontáneo en Londres. Esta pérdida constituyó un hecho doloroso para ambos, por cuanto ya habíamos aceptado con inesperada alegría traer al menos ese hijo al mundo. Muchos años después han nacido dos, de madres distintas. Una hermosa hija, Karen, ahora de veinte años y un chico vivaz, Francisco, con diez años cumplidos. Una autobiografía deja de tener valor si se le falsifica y a todo evento se debe ser honesto, por tanto debo confesar que no he sido un buen padre. Ambas paternidades han sido ejercidas fundamentalmente para garantizar protección económica a mis hijos y una educación vigilada a distancia. Ambos estupendos e inmerecidos vástagos han vivido con todo el afecto de sus madres, quienes los concibieron consciente y responsablemente. No sé cómo hubiese actuado en una condición paternal de haber procreado a mis hijos dentro de un hogar amorosamente constituido. Como especialista en la conducta humana no podría elucubrar excusas. Pero tengo consciencia de que no he podido dejar de vivir ensimismado desde niño. Que siempre fui introvertido y distante de todo lo que pudiera interferir un mundo interior en perpetua interrogación ontológica. Que siempre he padecido en otros de “la insoportable levedad del ser”, más compleja que la que magistralmente describe Milan Kundera, uno de mis novelistas favoritos de hoy. Y que en cualquier circunstancia probablemente hubiese exhibido un insuficiente comportamiento paternal. En las frecuentes oleadas reflexivas que me impregnan de subjetividad nihilista me he preguntado, si la historia ética de la humanidad no alienta un porvenir de retorno al pasado primitivo. Si la historia del hombre, solo demuestra que es empujado por su propia inconsciencia hacia un mundo tecnozoista e idiotizantemente globalizado, liderado por el paradigma informático de Bill Gates donde cada vez tiene menos sentido la misma existencia humana. Y en la que surge la escalofriante interrogación de sí se justifica traer más seres humanos a un planeta superpoblado de confusos y desamparados habitantes.

Van Gogh, Marsella y el retorno

Transcurrió un año más en Marsella, durante el cual me escapaba cada fin de semana a París a conversar con nuestros bohemios artistas. Otras veces haciendo escala en Lyon para estudiar con el neurofisiólogo Jouvet, la fisiología del sueño y los ensueños. Y en otros de mis frecuentes viajes, me detenía en Arles dentro del verdor de la Provenza, para ahondar en un trabajo sobre la posible psicopatología en la pintura de Van Gogh y en la de su atormentada vida. Dada la vecindad Mediterránea de Marsella con la Costa Azul, me escapaba en fugas amorosas a Niza y hasta la Riviera italiana Por las noches eran los vinos y pasiones en la bohemia del Vieux Port frente al Castillo de If, el del originario Conde de Montecristo. Cuando decidí regresar a Venezuela, fue gratificante la sorpresa que me brindó el profesor Naquet, quien había sido nombrado Ministro de la Ciencia y la Cultura en el gobierno del General De Gaulle. Monsieur Naquet aspiraba a que le sustituyese en la dirección del internacional C.N.R.S. Pero, no obstante la tentación del alto cargo, si bien implicaría muchas glorias, también impondría el exilio definitivo de un país cuya dinámica social y universitaria seguían efervescentes en mi sangre. Al regresar a Maiquetía me esperaba la policía política y los calabozos de la Disip. Seguía pagando mis antiguas deudas con el expresidente Betancourt. Las más recientes derivadas de mis relaciones con el proceso revolucionario de Argelia, la cual visitaba a menudo con Eduardo Gallegos Mancera. Así como a otros países árabes con mi amigo Pedro Duno. Ciertamente tampoco me importó esta nueva incursión “penitenciaria”, que había permutado por el cargo mas ambicionado del mundo científico francés. De esta nueva prisión me liberó el Rector Jesús María Bianco y una poblada de estudiantes, sobre todo de Psicología.

Director de La Escuela de Psicología y “una pequeña ciencia indecente”

De regreso a la Universidad acepté el cargo de Director de la Escuela de Psicología. Actualizamos sus Cátedras y diseños curriculares. Muchos de ellos sobrecargados por las teorías subjetivistas que impregnaban la Psicología de entonces. No me importa reconocer que por mi vocación cientificista, hice daño a muchos jóvenes psicólogos, al sesgar intencionalmente la orientación de la Escuela hacia una radical e intransigente postura negadora de todo tipo de aproximación psicológica distinta a la Conductual y a la sustentada en la bioquímica cerebral. Al extremo que llegué a calificar al psicoanálisis, en la presentación de un encuentro internacional, como “una pequeña ciencia indecente” y “que preferíamos hacer negocios con fisiólogos que con psicoanalistas” Después me percaté que no había sabido discriminar las fronteras formales de las áreas de mi propia formación cuando actuaba como profesor en el manejo de pacientes, durante el entrenamiento clínico de mis alumnos. Solía confundir en un enfoque único y simultáneo la difícil integración del conocimiento de la psiquiatría, el de la neurofisiología y el de la psicología clínica. Ello, pasando por alto la exigencia epistemológica, válida en otro nivel, diferente en el que funciona pragmáticamente con propósitos didácticos.

El Trastorno Mental y la Modificación de Conducta

Por las mismas razones de administración docente creamos los Departamentos para las Menciones de Psicología Clínica, Industrial, Escolar y la de Orientación. Fundamos el Servicio de Consulta Externa de Psicología Clínica en una edificación vecina a la Ciudad Universitaria. Asumí la dirección del Departamento de Clínica y conjuntamente con profesores del de Psicología Experimental, iniciamos toda una reformulación teórica y aplicada de la psicología, particularmente en el campo del trastorno mental. Desde Venezuela, con Roberto Ruiz de nuestra propia Escuela, desde Méjico con Emilio Ribes y con William Shoenfeld coordinando Universidades norteamericanas, nos incorporamos al movimiento internacional de innovación de la psicología. Se proponían cambios radicales del tradicional enfoque de esta disciplina hacia el modelo conductista que dio lugar al Análisis Conductual y en su aplicación más clínica a la Modificación de Conducta. Nuestro desarrollo permitió la realización en Caracas de su V Simposio Internacional, al cual asistieron las figuras más prominentes de esta naciente disciplina. Disertaron sobre la utilización de sus técnicas y teorizaciones, en su incidencia sobre las más diversas áreas de la Psicopatología y de la Psiquiatría. Fue así como nos ocupamos de las Neurosis Obsesivas y Fóbicas, de los Trastornos Psicosomáticos, del uso del Biofeedback en la Epilepsia, de la Farmacodependencia y Drogadicción, de la Rehabilitación Física, del Retardo Mental, de la Agresión y Autocontrol, de la Terapia Familiar y Conyugal, de los Trastornos Sexuales. Con Roberto Ruiz discurrimos en ese encuentro de especialistas por áreas, sobre la Metodología e Ideología de la Modificación de Conducta. Fue tan exitoso que en 1978 se nos encomendó la organización del VIII Simposio Internacional dedicado a la Modificación de Conducta, en sus aportes, esta vez, a la Educación y este nuevo encuentro, expusieron sus contribuciones connotados expertos liderados por Sidney Bijou. De nuevo con Ruiz presentamos por Venezuela el trabajo ”Aportes a la educación de la modificación de conducta. Problemas y Limitaciones”

El Decano de la Facultad de Humanidades y la Intervención de Caldera

Durante mi gestión como Director de la Escuela se construyó el laboratorio de Neuro y Psicofisiología. Seleccionamos para ejercer la Jefatura de diversas Cátedras egresados de la propia Escuela, con el fin de desarrollar un profesorado propio y con identidad profesional específica. El coletazo del Mayo francés del 68, se hizo sentir en nuestra Universidad y en la Facultades de Economía y la de Humanidades, un huracán de cuestionamientos, hizo tambalear muchas de sus Escuelas e Institutos. Recuerdo, el unánime respaldo de los profesores y estudiantes de la Escuela de Psicología durante un polémico debate en el auditórium de la Facultad de Humanidades, al actuar como Director de la Escuela debí confrontar a mis hermanos Pedro Duno y Nuñez Tenorio, como líderes de aquel proceso crítico. Sin embargo dejaron a la Escuela aún más consolidada, dentro de aquella necesaria violencia académica, que hubiese podido beneficiar a toda la Universidad. Lamentablemente, su autonomía fue violada durante el gobierno de Rafael Caldera y la fuerza policial ingresó a la Universidad a imponer todas sus autoridades desde la de un Rector interventor hasta los Decanos en cada Facultad. En la nuestra hizo su aparición, como Decano, el belicoso Felix Adam, contra quien iniciamos un enfrentamiento cada vez más combativo, en la medida en que el gobierno se hacía más represivo. Y no le quedó otra alternativa al ejecutivo del régimen, para normalizar aquella agitada vida universitaria, que permitir la convocatoria autónoma de elecciones por la propia institución y con respeto a la Ley de Universidades. Una vez en su propia casa, Rafael Caldera me confesó que aquella intervención había sido el mayor error de su primera presidencia.

La creación de la Escuela de Artes

Al resultar electo Decano de la Facultad de Humanidades y Educación tenía de nuevo, otro reto gerencial que emprender. Durante mis tres años de gestión reorganizativa de aquella Facultad, se restituyó la relación cordial y respetuosa entre profesores, estudiantes y empleados. Mi escogencia para Directores de Escuela e Institutos se fundamentó exclusivamente en méritos académicos. Buena parte de mi tiempo como Decano estuvo dedicado a la realización de un proyecto que había acariciado desde hacía muchos años. Y lo logré formalmente a finales de 1977. Se trataba de la creación de una Escuela de Artes con un excepcional equipo asesor. En aquella nueva aventura, participaron las más connotadas figuras del universo de las artes plásticas, teatrales, musicales y cinematográficas en el país. A medida que dialogaba con ellos se resolvía en mi espíritu la vieja disonancia cognitiva entre el mundo tangible y el abstracto. Entre el conocimiento del funcionamiento del cerebro, como la materia viva mas complejamente organizada y el de la creación artística como el producto más sofisticado de su actividad. Las consultas a las más destacadas entidades dedicadas a la vida artística del país y la escogencia de nuestros más brillantes creadores, en las diversas áreas del arte, respondía al propósito de fundar, al más alto nivel, una institución que pudiese dedicarse a la creación, investigación, promoción, crítica y docencia en las más diversas manifestaciones del arte. Tuve la osadía de dictar la Cátedra de Psicología de la Creación Artística y asumir el cargo de primer Director de la Escuela de Artes. Lo hice, además de mi gran interés por entender el fenómeno estético, porque una vez que se cumplieron todos los trámites legales para su fundación y puesta en marcha, debía garantizar la unidad de aquel heterogéneo grupo intelectual, con la presencia combinada del Decano y del psiquiatra. Cuando ya la Escuela estuvo más organizada y estable, después de una amplia consulta, seleccioné a Inocente Palacios para sucederme en la Dirección. Admito que prevaleció la influencia y el afecto de Miguel Otero Silva.

El Movimiento de los Decano

El otro escenario donde debe moverse el Decano es el del Consejo Universitario, en el cual están además de los once Decanos, las cuatro autoridades rectorales, los representantes profesorales y estudiantiles, más el representante del Ministerio, quien es el único no electo democráticamente por sus respectivas comunidades. La figura directriz fundamental es la del Rector y a mí me tocó vivir la transición del rectorado de José Rafael Neri, todo un veterano desde su decanato de Medicina a la del Rector Layrisse, notable investigador en hematología pero sin la garra y experiencia de Neri. Para el manejo de los habituales y candentes debates en el Consejo Universitario se requiere largo entrenamiento universitario. Ello determinó la gestación espontánea del llamado Movimiento de los Decanos que ocupaba constantemente la atención de la prensa, particularmente la del diario El Nacional, a cargo de la periodista Kalinina Ortega. Quizás por mí prolongada vida universitaria, mi irreductible independencia y motivaciones rigurosamente académicas, fui asumiendo el liderazgo de aquel movimiento; compitiendo con la calidad de colegas decanos como Rangel Crazut y Carlos Alberto Moros. Finalizada mi gestión Decanal, fui electo Representante profesoral al Consejo Universitario y Presidente de la Comisión Humanística del Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico, mejor conocido en la UCV como CDCH. Este organismo maneja todo lo concerniente a proyectos y financiamientos de trabajos de investigación, becas, actividades de post-grado y política de publicaciones. En fin, lo esencial de la actividad universitaria. Cuando los Sandinistas triunfaron en Nicaragua, encabecé la primera delegación que arribó a Managua antes que la de ningún otro país. Había convencido al Consejo Universitario de la conveniencia para aquel gobierno, que recién se instalaba, de que percibiera nuestra solidaridad. Nuestros amigos Daniel Ortega y Ernesto Cardenal, recibieron con alborozo nuestra disposición a fortalecer su movimiento revolucionario. Los recuerdo, desconcertados y felices con nuestra presencia. En el fondo volvíamos a aferrarnos a una esperanza. Para luego tener que resignarnos a una nueva derrota.

El Rector y la Ciudad Universitaria de Villanueva

En 1984 fui postulado a Rector. Ya para ese año el virus del partidismo corruptor, había hecho estragos en los protagonistas de la política nacional. La subcultura intervencionista de los partidos, ya constituía una ofensa a la consciencia doctrinaria de la autonomía universitaria. Se había arraigado en el inconsciente colectivo del venezolano y amenazaba con adueñarse de su Universidad. Para evitarlo y cumplir con un ambicioso proyecto que a lo largo del tiempo había madurado, acepté la nominación rectoral. Sin recursos financieros, derroté al adversario en una campaña casi de corte presidencial nacional, que hizo mi contrincante Piar Sosa, respaldado por el poderoso apoyo del partidismo tradicional en el país. Fue la confrontación de una vida limpia y exitosa, exhibida rigurosamente en la propia Universidad en todos los niveles, cargos y situaciones que un aspirante a Rector debe de haber superado antes de atreverse a la postulación del rango institucional de mayor jerarquía en nuestro país. La derrota del contrincante iba más allá de un éxito electoral. Significó doblegar la cuestionada vigencia partidista que controlaba toda la nación venezolana. Lo paradojal de aquel triunfo que había contado con la adhesión casi unánime del voto estudiantil, ocurrió cuando se me intentó emboscar a los pocos meses de una gestión exitosa. Desde el primer momento se sintió el cambio. Los espacios que Villanueva había diseñado en la Ciudad Universitaria para zonas recreacionales, como plazas, áreas deportivas, habían quedado reducidas a estacionamientos atestados de automóviles. Contra todos los vaticinios del fracaso, en pocas semanas con la ayuda del Ministro Juan Pedro del Moral, se había trasformado el área frontal al edificio rectoral, siempre congestionada de vehículos, en lo que es hoy la Plaza del Rectorado. En ella, cumplí una promesa personal que había hecho, cuando fundé la Escuela de Artes, y antes de su muerte a Francisco Narváez: nuestro maestro de la madera, la piedra y el bronce. Este compromiso consistía en ubicar una de sus estatuas más hermosas y abandonadas en el privilegiado espacio frente al reloj símbolo, donde ahora se encuentra. También se dotó a la Plaza con los recursos de iluminación y sonido para la presentación de conciertos, obras de teatro y actos para grandes concentraciones. Se construyó el edificio de estacionamiento externo a la Ciudad Universitaria, para la ubicación de los vehículos recién desplazados. El trabajo de remodelación se fue extendiendo a todos los espacios. Se corrigió el deterioro de las edificaciones internas, en particular del Aula Magna y el de la colección de obras de arte, que Universidad alguna en el mundo, tenga en su seno. Fueron evaluadas y recuperadas de distintas huellas de descuido y desamor, joyas de consagrados artistas extranjeros como Calder, Vasarely, Jean y Sophie Arp, Pevsner, Laurens, Leger, Lam, Bloc y las de maestros de la plástica nacional como Poleo, Soto, Manaure, Salazar, Otero, Valera, Vigas, Oramas, Navarro, Castro, Lobo, Arrollo, Barrios, Carreño, González Bogen y Narváez.

La traición de Tazón

Otro hecho sin precedentes en la vida universitaria, tuvo lugar con la presencia cotidiana de soldados al lado de estudiantes pintando paredes y entonando himnos y solidarias canciones. Oficiales del ejército transitaban con toda libertad en cumplimiento de las instrucciones del Rector. Pero aquella inesperada convivencia molestó a ciertos niveles del poder político, y hasta llegaron a manifestar su preocupación, como si se estuviese fraguando una conspiración Cívico-Militar. Nunca pensé que hubiera sido un hecho azaroso la extraña experiencia ocurrida en Tazón. Allí fueron abaleados unos estudiantes quienes en autobuses se desplazaron desde las Facultades de Agronomía y Veterinaria en Maracay. Se me había anunciado una concentración estudiantil en aquellas facultades, por planteamientos reivindicativos habituales y deseables en el comportamiento juvenil. El compromiso antes de mi elección, había sido el que acudiría a sus propios ambientes, si surgían reclamaciones de cualquier naturaleza. En las gestiones rectorales anteriores se había hecho habitual la práctica del acoso y hasta el de la acción de secuestros, por parte de estudiantes a la sede y a los integrantes del Consejo Universitario. Fue para evitar esta indeseable metodología de presión en una Universidad democrática, el que hubiésemos acordado con toda la dirigencia estudiantil que sería el Rector quien se desplazase a sus reuniones. Cuando la profesora Alix García, quien actuaba como Secretaria del Consejo Universitario, me anunció en la madrugada de aquel aciago día que un grupo estudiantil se proponía viajar a Caracas, tripulando a los inseguros autobuses de la UCV, le ordené convocar al Consejo Universitario en Maracay. A las siete de la mañana ya estaba por marcharme desde la Ciudad Universitaria hacia las Facultades de Veterinaria y Agronomía, cuando me anunciaron que dos autobuses habían partido con estudiantes hacia Caracas. Y, ante la ausencia del Ministro de Transporte y Comunicaciones, mi amigo Juan Pedro del Moral, opté por llamar a Octavio Lepage quien ocupaba la cartera del Interior. La solicitud que hice fue para que ordenase a los Fiscales de Tránsito que impidiesen pacíficamente el uso de los autobuses para proteger a los estudiantes. Nunca supe como se pudo dar instrucciones a un grupo armado y entrenado para el asalto, como es el de los llamados Cazadores de la Guardia Nacional para que detuviese a un desarmado grupo de estudiantes. La consecuencia de aquel enfrentamiento fue la de algunos estudiantes abaleados insólitamente, en una violenta confrontación que tuvo lugar a la altura de Tazón.

El Aula Magna ruge

Y a media mañana un Aula Magna con una beligerante asistencia estudiantil repudiaba al Rector a quien atribuían la agresión de Tazón. Escoltado por un extraño y armado grupo estudiantil, el cual me amenazó con la inmediata ejecución, me enfrenté a aquella rugiente multitud, precisamente en el mismo solemne lugar, donde tantas veces había sido aplaudido, pero esta vez a sufrir el más duro juicio que algún Rector o autoridad alguna haya podido imaginar y soportar. Pero ciertamente la seguridad de la más absoluta inocencia y mis largos años de conocimiento de nuestra Universidad, me mantuvieron inconmovible y sereno, lo cual sin duda desconcertó a quienes me agredían. Después de escuchar atropellantes intervenciones, logré utilizar el micrófono y bastó que escucharan la versión verdadera de los hechos, para que se dividiera aquella multitud entre defensores y acusadores. En medio de gran violencia entre unos y otros, pude retirarme, previa convocatoria a Asambleas estudiantiles por Facultad para evitar nuevas manipulaciones cuyas fuentes, en aquel momento, aún no atisbaba a descubrir. La solidaridad del Consejo Universitario fue unánime, pero les comuniqué mi decisión de retirarme de la Universidad si no lograba de nuevo el respaldo estudiantil. Después de obtener el permiso necesario, inicié el cumplimiento de las convocatorias anunciadas

Primer Plano y el temblor de los bigotes de Granier

Las confrontaciones con los estudiantes de cada Facultad o Escuela se hacían cada vez más satisfactorias, hasta que me sentí moralmente relegitimado por un estudiantado que nunca podría engañar después de haber sido por años, uno de sus más respetados líderes. Pero a nivel del país, quizás la experiencia más reivindicativa fue la que proporcionó un programa de televisión sobre el cual tenía escaso dominio. Primer Plano era sin duda para aquel momento el programa televisado de mayor audiencia. Su conductor Marcel Granier me llamó desde Nueva York para grabar una entrevista que saldría el domingo inmediato. Me negué a grabarlo, por consejo de mis amigos y la acepté en vivo. Alguien tan veterano como Teodoro Petkof estuvo en mi casa, para advertirme y enfatizar sobre las veces y maneras como Granier lo había editado desventajosamente. Fuimos ambos en vivo, sin ninguna conversación previa y deliberadamente me presenté en el Canal, cinco minutos antes de salir al aire. Frente a las cámaras soporté pasivamente las agresiones de Marcel Granier, cuestionando mi gestión rectoral con sospechoso énfasis en los vínculos que había generado entre la Universidad y las Fuerzas Armadas. Lo dejé hablar como se suele hacer con un paciente hasta que intentó tocar mi vida personal, citando algunas declaraciones mías, ofrecidas a la periodista Elisabeth Fuentes y que aparecían en el último número de Feriado, la revista de El Nacional. La inesperada andanada de respuestas mías a todos los planteamientos del entrevistador, surtió tal efecto que el atildado e impertérrito señor Granier, comenzó a temblar, sus labios sacudían sus bigotes y hasta se le olvidó la obligada pausa para los comerciales. Ciertamente yo ignoraba el resultado de aquel encuentro, y fue el propio Marcel Granier, como experto en televisión quien me lo vaticinó iracundo al apagarse las luces y las cámaras. Inmediatamente y para mi sorpresa me grito indignado y soez “me jodiste y mañana lo sabrás”. Aquel programa había tenido una “rating” que no sospechaba y una repercusión nacional y universitaria sin precedentes. Las copias del video se vendían al día siguiente en las puertas y pasillos de la Universidad. Y el país había escuchado a un Rector defendiendo la verdad frente a la infamia

Epistemología y Zona Rental

La parálisis ocurrida por el accidente de Tazón, al final dejó la herida del ojo de un estudiante, a quien atendimos con toda la diligencia posible, y regresó años después a manifestarme su agradecimiento. Pero sí permitió actuar a los enemigos del proyecto de cambios universitarios, que pertenecen a los mismos núcleos que impiden el desarrollo del país. Se utilizó la confusión generada en Tazón para detener reformas sustanciales en la Universidad Central. Tan solo dos ejemplos de naturaleza muy diferente. El primero de orden ideológico. Desde la época del Rector De Venanzi, habíamos intentado incluir en los diseños curriculares de todas las Escuelas Universitarias, un curso breve de epistemología, para formar al estudiante en los fundamentos científicos del conocimiento. Continúo convencido que la Universidad debe proteger al estudiante del pensamiento mágico generador de toda forma de mitos y supersticiones, los cuales de manera enmascarada constituyen fuente de una difundida cultura esotérica que deforma y adultera el ejercicio existencial y profesional del egresado universitario. Y desvirtúa su obligatoria y esencial búsqueda del conocimiento científico De una u otra manera ese proyecto fue interferido y no se pudo cumplir Una segunda consecuencia. en otro orden de ideas, fue el impedimento de la construcción de las instalaciones programadas para el desarrollo de la Zona Rental. Habían llegado a su fin las conversaciones y acuerdos con empresarios nacionales y transnacionales y estaban casi a punto de firmarse los contratos para la creación, del mayor Centro Comercial de la América Latina. Se trataba de edificaciones considerablemente superiores en variedad, tamaño y proyecciones por ejemplo a las del actual Centro Sambil. Con salas de concierto, cines, teatros, museos, restaurantes, tiendas de todo tipo, y hoteles de las cadenas nacionales e internacionales. Muchos no entendieron, como los decididos ejecutivos de la cadena Hyatt, las trabas insustanciales que oponían funcionarios de la administración pública en complicidad con grupos económicos aliados al partido de Gobierno. Se ofrecían insólitas excusas cuando el Presidente de la Fundación responsable de dichos trámites es electo por el propio Presidente de la República. Se trataba de una conspiración urdida para impedir la realización del proyecto para que la UCV no gerenciara la explotación de los terrenos que le pertenecen y que son los más costosos y mejor ubicados de Caracas. Es pertinente la pregunta sobre la razón de que exista una Fundación exclusivamente concebida para hacer rentable esta valiosa zona mientras que la Universidad continúa asediada año tras año por problemas presupuestarios. El proyecto quedó sin ejecutarse, y sin satisfacer una vieja aspiración de la UCV, que hubiese resuelto su inestable y cuestionado financiamiento.

Callejón sin Salidas y el hurto de los discursos del Rector

Pero más allá de las reformas de infraestructura física de la Ciudad Universitaria y de la recuperación de sus tesoros artísticos, se continuó con un acelerado proyecto de renovación académica y administrativa de la Universidad que consta en numerosas publicaciones. Para lo cual se designaron profesores de comprobada eficiencia y honestidad. Entre ellos me resulta ineludible mencionar a quien ejerció la Coordinación del Rectorado: esa extraordinaria mujer que fue Simoneta Ajó. Toda hecha de sensibilidad y responsabilidad, y a quien tuve el dolor de asistir en su muerte años después. Ella, con notable mística institucional guardaba cada discurso de los muchos que hube de pronunciar como Rector, la mayoría en los actos de graduación. Sé que siempre impactaban a los estudiantes que estaban dejando de serlo y a sus familiares que plenaban al Aula Magna. La profesora Simoneta Ajó los compilaba y ordenaba para su publicación. Se editó un primer volumen de tres que estaban programados con el título: Callejón con Salidas, los dos siguientes nunca vieron la luz. Originales y copias desaparecieron misteriosamente de la Imprenta Universitaria, una vez que yo había dejado de ser Rector. Para mí fue lamentable, pero acostumbrado a la envidia y al saboteo, se redujo a una trastada más. Pero ella murió con la dolorosa remembranza de aquel insólito hecho, sin aceptar que tanta mezquindad y bajeza hubiesen podido contaminar a la vida universitaria.

Sagrado y Obsceno.

La visita del Papa y las intrigas del Vaticano Uno de los más recordados acontecimientos tuvo lugar durante la primera visita del Juan Pablo II a Venezuela. Los sacerdotes que dirigen la red educativa de los Colegios “Fe y Alegría” me habían solicitado el Stadium de la Ciudad Universitaria para que el Papa se encontrase con los niños pobres de sus colegios. Acepté con agrado y se programó el protocolo en el cual el Rector como anfitrión recibiese al Papa. Luego, éste daría una vuelta a lo largo de la pista circular para saludar de cerca a los niños y luego subiría a una tribuna que ellos prepararían para su discurso. A la hora prevista de ese día, 4 de la tarde aguardaba la llegada del Sumo Pontífice y miles de niños desde el mediodía ocupaban felices la totalidad de las gradas del Stadium. Comenzaron a sucederse las horas y los niños a impacientarse. El Papa Viajero se encontraba con los arzobispos y obispos en el Palacio Episcopal y así se nos justificó su extraño retraso. Transcurrió el tiempo tensamente y fue a las 8 de la noche cuando llegó Karol Wojtila. Los bomberos habían retirado a algunos niños, extenuados por las horas de sol y quizás de ayuno. La inmensa mayoría comenzó a gritar “que dé la vuelta, que de la vuelta.”, cuando el Papa rompiendo el protocolo y desconociendo el programa, se dirigió directamente a su puesto en la tribuna, escoltado por la Guardia Suiza. Preocupado al percatarme de que no iba a descender, subí y le pedí que lo hiciera. Temiendo que no entendía el “que de la vuelta” coreado por aquel público lleno de amor, se lo traduje al inglés, al francés y con señas. Mi alegría fue grande cuando se levantó con una sonriente afirmación en su rostro campesino. El Cardenal que actúa como funcionario del Vaticano, sentado junto al Papa, lo tomó por el brazo y lo sentó bruscamente. Cuando insistí que lo hiciera en el “Papa Móvil”, de nuevo el Pontífice intentó ponerse de pie, pero esta vez, el prelado italiano con más fuerza y brutal gesticulación en su rostro, volvió a sentarlo. Presencié el maltrato verbal inferido al polaco e indefenso Wojtila. Luego se dirigió al Rector y le gritó fuera de sí ” que no me metiera en sus asuntos”. Entonces le respondí indignado “yo creía que el Papa era el Papa y no un grosero Cardenal”. Descendí molesto y con sombrías reflexiones. Recordé las lúgubres historias que se cuentan sobre Albino Luciano “el Papa Sonriente”, el pontífice Juan Pablo I quien murió extrañamente a los 33 días de su elección Y la noche que escribiera su último discurso, le subrayó este párrafo “los sacerdotes deben animar e inspirar a los legos para que cumplan con sus deberes, pero no deben ocupar su lugar ni descuidar su labor específica que es la evangelización”. Luego sus palabras para la despedida final fueron, “Buona note. A domani. Se Dio vuole” dijo, “Buenas noches. Hasta mañana. Si Dios quiere”. Pero Dios al parecer “no lo quería” y murió en la madrugada del 29 de septiembre de 1978. Él fue el primer Papa que lo haría a solas en cien años. En el libro de David Yallop “En Nombre de Dios” se describen prolijamente las intrigas, los celos, los enemigos, las sorprendentes maniobras y razones que son extrañas al Cristianismo, y que según Yallop tenían lugar en las intimidades del Vaticano. Existían presiones por parte de intereses ajenos a los de la iglesia cristiana de los pobres, como los del Banco Ambrosiano. Por todo ello, algunos expertos en la Curia romana, afirman que el Papa debía morir y no de muerte natural. No sé si para bien o para mal, las cámaras de televisión y los micrófonos de la radio no registraron el violento diálogo suscitado entre el sospechoso e iracundo Cardenal y el enfurecido Rector. De otro modo hubiese tenido lugar un escándalo internacional. Cuando terminó el acto, permanecí distante durante el momento de la despedida mientras los invitados en tribuna rendían los debidos honores a Juan Pablo II, quien tampoco continuó los radicales cambios que Juan Pablo I intentó introducir a la Iglesia Católica. Para mi complacencia el hombre bueno revestido de la magnificencia papal, rompió el protocolo, caminó solo hasta el Rector, me tomó de las manos y se excusó con conmovedora humildad. Comprobé, una vez más, que existía una Iglesia bondadosa y de los pobres y otra farisaicamente cruel de los poderosos, como ha sido a lo largo de la historia.

El Parlamento Universitario

Fuera del ámbito de la propia Universidad, el Rector debe integrarse al Consejo Nacional de Universidades. Mostraba este Consejo síntomas de deterioro como un organismo pesado e inoperante, pese al voto y liderazgo de las cuatro Universidades Autónomas ejercido por la UCV, la ULA, la del Zulia, y la de Carabobo. Posteriormente, se unió la Universidad de Oriente, cuando le dimos la categoría de su autonomía y ello tan solo después de una cuidadosa evaluación y muchos debates. Por el pésimo funcionamiento del CNU, visité todos los Consejos Universitarios de las Universidades Autónomas. También lo hacía para discutir y lograr la aprobación de uno de mis más acariciados proyectos, el Parlamento Universitario. Sus estatutos contemplan núcleos especializados por áreas de ofertas de investigación y producción, para funcionar concertados con la gerencia pública y privada. Por primera vez el Rector de la UCV fue invitado a una sesión solemne de Fedecámaras para escuchar las características y proyecciones de aquella nueva institución. Con convicción reafirmé que podía convertirse, si se le asumía con seriedad ejecutiva, en una palanca fundamental para la economía del país y en una posibilidad concreta para la solución del financiamiento de la Educación. Acción Democrática ejercía el control de la Universidad de Oriente y de la mayoría de las Comisiones del Congreso Nacional. Creo que por temor a que las incumplidas o corruptas funciones de ese Poder Legislativo fueran sustituidas o denunciadas se impidió, con toda suerte de triquiñuelas, el funcionamiento del Parlamento Universitario. Sus estatutos siguen vigentes y también la posibilidad de una gestión que combine el trabajo de las Universidades con el de la producción nacional. No tengo dudas de los superlativos beneficios que traería a la Universidad y al país.

COPEN y “Hacia un proyecto educativo venezolano”

Después de la asistencia a un encuentro de Educadores en Cuba y por invitación de la Embajada de los Estados Unidos, visité, también como Rector, a las más calificadas Universidades americanas, con la nutritiva compañía de Orlando Albornoz. Entonces, le propuse al Presidente Jaime Lusinchi que reuniese a un grupo de expertos en Educación para analizar y proponer reformas radicales a nuestro sistema educativo. Organizamos la llamada Comisión para la Reforma Educativa Nacional, COPEN y la integramos con individualidades de gran experiencia en la educación. Entre otras, Luis Beltrán Prieto Figureroa, Arnoldo Gabaldón, Pedro Rincón Gutiérrez, Orlando Albornóz y Arturo Uslar Pietri a quien, ya reunidos, lo elegimos como Coordinador. Cada uno se comprometió a presentar un proyecto, que en rigor casi nadie cumplió, pero me sentía más obligado que ninguno por ser proponente de la Comisión y representar a la UCV. Por un año reuní regularmente en mi despacho a todos aquellos entusiastas especialistas en educación que trabajaban en nuestra Universidad. Otro apoyo invalorable fue el de mi cuñado, profesor Alfonso Romero, con una vasta experiencia en Educación Media. Se finalizó el trabajo de COPEN en la Casa Andrés Bello, a lo largo de interesantes tertulias de Prieto y Gabaldón, invocando sus anécdotas juveniles universitarias. Presenté a la Comisión el trabajo realizado en la UCV, que luego publiqué con el nombre de “Hacia un Proyecto Educativo Venezolano”, como un libro que prologó el Maestro Prieto. Casi todo su contenido pasó a formar parte fundamental del proyecto de la Comisión. Cuando lo entregamos al Presidente de la República, se produjo una gran algarabía en Miraflores, con ruedas de prensa y ruidosos reconocimientos. Y luego lo de siempre ir a dormir en las gavetas de la burocracia oficial.

Centropep y El Centro para la Paz y el Desarme Internacional

Nuestro trabajo en el Rectorado no se limitó a la vida interna de la Ciudad Universitaria, ni se restringió al acontecer nacional, en el cual estábamos presentes en todo acontecimiento que ameritara la participación de la conciencia universitaria. El proceso de globalización ya estaba en marcha, y nos incorporamos a diferentes asociaciones de Latinoamérica, Norteamérica y Europa. Imposible describir todos los viajes, contactos y compromisos internacionales que realizamos. Mencionaré sólo dos, los cuales por su importancia exigieron importantes esfuerzos. Fundamos un Centro para la Paz y el Desarme, y activamos a Centropep, en sus vínculos con los países productores de petróleo. Sostuvimos varios encuentros nacionales e internacionales, y presentamos radicales puntos de vista en nuestra ponencia presentada en el encuentro mundial de Ginebra para la defensa de la Paz y el Control del Crecimiento Armamentista en el planeta. En los archivos de la UCV debe reposar toda la documentación de esta intensa y productiva gestión internacional.

La Candidatura Presidencial

Casi al finalizar mi período rectoral se originó en el país una interesante polémica entre la política del Presidente Lusinchi y un grupo de notables personalidades que lo enjuiciaban por los poderes otorgados a Blanca Ibañez y por el desacierto en muchos otros de sus comportamientos. La propia torpeza declarativa del Presidente y el deseo de construir una verdadera oposición al gobierno, generó la creación de un movimiento inicialmente conceptual, que fue convirtiéndose en político y nacional. Se llamó Movimiento Moral. El MOMO, así quedaron sus siglas, hizo una encuesta a través de la respetada empresa Gallup, en cada población importante del país, con varios nombres para una candidatura presidencial. El Maestro Prieto pidió que mi nombre se incluyera, y acepté sin pensar ni desear en ningún momento, ser candidato presidencial. Fue un gesto de recíproca gentileza y caballerosidad con el Maestro y con un notable grupo de intelectuales. Sorpresivamente, pues los otros precandidatos eran connotadas figuras de la vida nacional, yo resulté triunfador y con arrasante distancia de los otros encuestados, por lo que me sentí obligado a aceptar. Y con permiso del Consejo Universitario, salí del Aula Magna, como Candidato Presidencial, en la que se escuchaba, a través de sus parlantes, por grata travesura de Antonio de la Rosa, la reproducción de la grabación de mi primer discurso estudiantil, dedicado a Don Rómulo Gallegos. De inmediato tuve el apoyo del MOMO, del MEP, del PCV, de una fracción significativa del MÁS y el de una interesante variedad de intelectuales independientes. Un fenómeno parecido al que se gestaría diez años después como Polo Patriótico. Cuando inicié mi campaña presidencial, no tenía idea de la miseria del mundo interior de una sorprendente mayoría de los políticos, ni del de las cúpulas de sus partidos. Mi experiencia humana si bien había sido intensa y diversa, había tenido lugar entre universitarios e intelectuales extranjeros y nacionales. Y fuera de ellos, naturalmente con numerosos enfermos mentales, pero nunca imaginé encontrarlos y en forma tan numerosa entre mis adversarios políticos. Tuve que compartir muchas experiencias con ellos para acostumbrarme a asumirlos como gente muy perturbada. Pero alienados de manera intencional y mucho más dañina o perniciosa que los de mi consulta, y sin la menor conciencia de enfermedad.

Carlos Andrés Pérez y el agitar de manos

Carlos Andrés Pérez por AD y Eduardo Fernández por Copei, eran los otros candidatos a enfrentar junto a sus respectivas élites partidistas. Podría escribir muchas páginas sobre las psicopatías que hacen fluida vida en la política nacional, después de conocer la frialdad de su cinismo y su total vacuidad principista. Esto al parecer, es consustancial con los rasgos necesarios para ser “un buen político”. Mis confrontaciones con ellos, tanto públicas como privadas, fueron múltiples. Sólo una muestra. Los tres candidatos fuimos a debatir en Acarigua frente a un numeroso y calificado público de ganaderos, 15 minutos de exposición para cada uno, luego una pausa y se reiniciaba el foro. Acostumbrado a la vida académica, yo había fundamentado mi intervención en datos científicos sobre características de los suelos, variedades de pastos y de modalidades genéticas del ganado. Después de breves momentos a solas con mis dos contrincantes y de explicarle a Fernández el término edafología, Pérez increpó, al estilo de su maestro Betancourt: “estos aprendices a políticos, como Chirinos, ignoran que esos ganaderos son una pila de bolsas y que lo que queremos de ellos son su plata y sus votos”. Permanecí silencioso, y en mi segunda exposición frente a aquel público que sentía humillado, narré el crudo diálogo recién vivido. Entonces abuchearon a Pérez, quien como en muchas otras ocasiones, se mantuvo sonriente y agitando las manos. Al descubrir como eran nuestros políticos, entendí las causas de la tragedia de un pueblo que merecía otro destino.

El Comando de campaña

En mi comando de campaña además de los abnegados y consecuentes dirigentes de los equipos políticos que me respaldaban, había gente como Luis Beltrán Prieto, Rubén Monasterios, José Ignacio Cabrujas, Aníbal Nazoa, Manuel Alfredo Rodríguez, Pedro Chacín, José Delgado Ocando, Federico Brito Figueroa, Oswaldo Alcalá, Alberto Muller, Reinaldo Cervini, en cuya oficina funcionaba el Comando y existían activos núcleos universitarios en todas las regiones del país. Con ellos elaboramos y propusimos un Programa de Gobierno de gran riqueza doctrinaria y viabilidad transformadora del país. Y al divulgarlo en sus ciudades, pueblos y caseríos aprendí a conocer a Venezuela. No me importa confesarlo, había pasado mi vida dándoles vueltas al mundo pero no al de mi propio país. De mi experiencia como candidato presidencial, derivé muchos conocimientos, no todos, como el que resumí en mi confrontación con mis colegas aspirantes presidenciales. Fue gratificante recorrer tres veces la hermosa geografía física y humana de Venezuela. Suficientes para confirmar que la génesis del escepticismo, que no es más que un optimismo bien informado, no proviene de la gente común y sí de la escalofriante mediocridad de buena parte de sus políticos. A pesar de mis escasos recursos para la campaña, quizás por mi frontalidad y diferenciación frente a la política del partidismo tradicional, éste comenzó a responderme con saña implacable. Me adjudicaron todas las formas de corrupción posibles y recibía constantes amenazas de muerte. Incomprensibles pragmáticamente, teniendo en cuenta que al final, las mafias partidistas manejan el fraude de manera atropellante y con desparpajo tragicómico. No es este el texto adecuado para describir la manera descarada, como las jefaturas de los partidos tradicionales disponían de los votos depositados ingenuamente por los venezolanos en aquellos simulacros de proceso electoral. Para no prestarme a esa comedia, entre otras razones, me alejé de la práctica política.

El Frente Patriótico

Así fue, hasta que Manuel Quijada, comenzó a convocar reuniones del llamado Frente Patriótico con el fin de discutir salidas a la situación política nacional. Se planteaba la opción de trabajar para la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente. En Colombia los estudiantes universitarios habían logrado provocarla, introduciendo en las urnas una boleta adicional en el mismo acto electoral de Cesar Gaviria a la Presidencia de aquel país. Para el día de esa elección, fui invitado conjuntamente con Manuel Quijada y Juan Liscano. Viajé a Bogotá solamente con Manuel Quijada. Pero fueron sus partidos corruptos, quienes han conducido por años la política de ese país, los convocantes y organizadores de su ensayo constituyente. Es lo que explica que la Asamblea Constituyente, no impidiera la prolongación de los vicios del sistema y no se generaran cambios estructurales que aquel país requería. Hoy Colombia continúa viviendo una violencia que no pareciese tener fin a un plazo previsible.

Luis Miquilena y “El canciller de la dignidad”

Como millones de venezolanos, seguí con entusiasmo el desarrollo de los alzamientos militares del 4 de Febrero y del 27 de noviembre de 1992. No obstante, la prisión de los militares de ambos intentos de golpes de Estado, se renovó la esperanza de lograr cambios sociales en el país. Cuando fui a visitar a mi amigo Manuel Quijada, detenido en el Cuartel San Carlos como supuesto implicado en el movimiento del 27 de Noviembre, me impactó mucho que Hernán Gruber Odreman, quisiese conocerme para hacerme saber que su proyecto político era el mismo que con otros venezolanos veníamos defendiendo por años. Hugo Chávez me pidió visitarlo cuando se encontraba detenido en el Hospital Militar con Francisco Arias Cárdenas. Allí conversé con ambos por primera vez. Luego que los indultara Rafael Caldera, seguí con interés el trabajo político de Chávez con quien me encontraba con alguna frecuencia. Durante el período de Larrazabal, había compartido una bella amante con Luis Miquilena y por ignorancia de ambos casi sostuvimos un conflicto armado por celos a la usanza de Churuguara. Muchos años después, Miquilena me comunicó que Ignacio Luis Arcaya quería conversar conmigo desde su lecho de enfermo, en la Habana. Arcaya, también falconiano como nosotros, conservó toda su vida el calificativo de Canciller de la Dignidad. Al visitarlo me pidió que lo acompañase en su regreso a Caracas. Con Miquilena trajimos a Arcaya en un inolvidable viaje. He lamentado no haber dejado grabación de las confidencias de Arcaya sobre su versión de la historia de José Leonardo Chirinos. Compartí con Miquilena, la experiencia de la muerte del notable humorista Kotepa Delgado. Cuando yacía moribundo frente a sus desconsolados familiares y amigos, Luis, atormentado por aquella estertorosa agonía, me preguntó con voz quebrada, si no había otra forma de morir. Les pedí permiso a sus hijos, mis amigos Igor y Franzel Delgado Senior herederos de la nobleza y el humor del redactor de” escribe que algo queda”, que me dejaran solo con el agonizante. Después del implícito permiso de ellos, retiré la vida artificial que restaba en Kotepa, en un acto eutanásico familiar para mí como médico. Pero no en Luis Miquilena quien estaba a mi lado con lágrimas inundando sus ojos.

Hugo Chávez

Miquilena me acercó a Hugo Chávez a quien asesoré, por primera vez, en su presentación ante especialistas asistentes a un congreso internacional sobre violencia que tuvo lugar en el Hotel Caracas Hilton. Allí logró una aplaudida improvisación sobre un tema del cual sólo había tenido las apresuradas referencias que había podido suministrarle en el breve lapso que transcurrió desde el Paseo las Mercedes donde le recogí hasta el Caracas Hilton. Esta experiencia la viví muchas veces frente a públicos y situaciones diversas. En Porlamar, después de una reunión con Fedecámaras, asistimos a otra de la Asociación de Rectores y Exrectores Universitarios, Averu. Sesión para la cual yo había tenido que presionar a su Junta Directiva pues algunos de mis colegas se habían opuesto a que Chávez asistiese en igualdad de condiciones a la de otros candidatos presidenciales. Mis colegas se comportaron vergonzosamente en aquella reunión que debió estar integrada por quienes estaban o habíamos estado en el máximo cargo de comunidades universitarias. Intencionalmente se desconocieron las normas del quórum estatutario y se permitió la calculada presencia de asistentes extraños a la Asociación, como la de un irrespetuoso dirigente estudiantil y la de consultores jurídicos programados para hacer preguntas sesgadas como si se tratara de un juicio a Chávez. Fue un lamentable desencuentro frente al cual Hugo Chávez se comportó con astuta y pedagógica humildad. Lo único que expresé para cerrar la bochornosa sesión de Averu, fue compararla con la de Fedecámaras y denunciarla, como una paradojal experiencia de escuchar a educados empresarios que se comportaron como respetables rectores y a indecentes rectores que habían actuado como irresponsables empresarios. Después no he regresado a las reuniones de Averu. Ese mismo día, a puerta cerrada en una habitación del mismo Hotel Hilton, sostuve otra reunión con Chávez y con quienes integraban la seccional del M.V.R en Nueva Esparta. El motivo de aquella reunión fue escuchar las proposiciones de nombres de aspirantes a la Gobernación de la isla. Luego, escuchamos de sus labios el curriculum de uno de los aspirantes. Al quedar a solas con Hugo Chávez cometí dos errores. El primero fue emitir un favorable juicio psiquiátrico sobre el aspirante a Gobernador, lo cual le hacía candidato a gobernar aquella traicionada isla. El segundo fue aceptar la petición de Chávez para mi postulación como candidato a Senador, con lo cual quebrantaba mi resolución de no hacer más vida activa dentro del pragmatismo político. Al cabo de varios fines de semana, trajinando las mismas trivialidades y mezquindades del mundo político de aquella isla, que posiblemente son iguales a las de cualquier región o pais del planeta, renuncié con la oposición de todos mis amigos, y de nuevo me retiré a mis cuarteles de invierno. Mis nexos con Hugo Chávez y su esposa Marysabel, se mantienen sólo a título personal.

Clineuci

Después volví a mi vida personal y al trabajo profesional privado como Neuropsiquiatra y Psicólogo que es lo que ciertamente hago con toda propiedad. Construí mi propio Instituto de Clínicas y Neurociencias con las siglas de Clineuci. Frente a la Clínica el Cedral, la cual había fundado hace más de un cuarto de siglo con mis mejores amigos psiquiatras: Rubén Rendón Aponte y Rui de Carvahlo más otros más jóvenes, Esta Institución constituye, sin duda, el mejor centro privado para la hospitalización de enfermos mentales que hay en el país, y posiblemente en la América Latina. Clineuci esta concebido como un centro para el estudio, investigación, asistencia y tratamiento de trastornos diversos y funciona con la incorporación psiquiatras, neurólogos, psicólogos, neurofisiólogos, cardiólogos, internistas, ginecólogos, nutricionistas, dietistas, bioanalistas y fisioterapeutas más el soporte de un responsable equipo de técnicos asistentes y secretariales. A Clineuci dedico todo mi actual tiempo profesional en un esfuerzo de integración interdisciplinaria para el abordaje de la conducta normal y anormal.

La Asamblea Nacional Constituyente

Cuando se produjo la convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente, acepté la invitación de Chávez y Miquilena para formar parte de ella, con el expreso propósito de redactar el articulado referido a Educación, Ciencia, Tecnología y Cultura, dentro de una nueva Constitución. Se me propuso contribuir a refundar una República que pudiese tener una estructura socioeconómica más equilibrada, y una diferente organización sociocultural. Después de todo, con las mismas intenciones, había hecho toda mi carrera universitaria convencido de que la manera más eficaz de transformar nuestra realidad social era adquiriendo la visión más exacta de ella. Y, para ello, el recurso más exitoso que existe es el que proporciona la investigación científica, tecnológica y humanística. No me cabe la menor duda de que las distancias entre países con diferentes niveles de desarrollo, son directamente proporcionales a la producción y utilización de la investigación científica, más la vigencia de un humanismo racional y socializante. Cuando intervine en la sesión Plenaria en la que correspondió informar sobre mi gestión, dejé muy claras las razones por las que estaba allí, enfatizando que eran muy distintas a las de muchos Constituyentistas que sólo utilizaban aquella experiencia, como trampolín para sus ascensos políticos. Por decisión de la Asamblea, acepté ser el Presidente de la Comisión de Educación y Cultura, Ciencia y Tecnología, Deporte y Recreación. Esta Comisión debió estar originalmente integrada por veintitrés Constituyentistas, en el desorden que caracterizó a aquel encuentro nacional, se asignaron a cada uno, dos Comisiones de las veinte existentes, lo que contribuyó a generar una falsa asistencia. Muchos de ellos distribuían anárquicamente su tiempo entre una u otra Comisión, y los políticos de oficio, sencillamente sólo asistían a las Sesiones Plenarias en búsqueda de promoción y publicidad. Es la fauna reciclada de la anterior, leguleya y avariciosa.

Los pleitos por la Educación y la Cultura

Al final de muchas discusiones y reflexiones dentro del reducido pero calificado grupo, se trabajó con perseverancia y responsabilidad. Logramos que se aprobaran catorce artículos en la nueva Carta Magna. Cuando propuse prescindir de la injerencia de partidos políticos, en la evaluación de los méritos para el ingreso, promoción y permanencia en la carrera docente pública y privada, se descubrieron quienes escondían intereses subalternos. Ello ocurrió no sólo con numerosos Constituyentistas en Asamblea Plenaria, sino en miembros de la propia Comisión. Tuve que amenazar con mi renuncia en Sesión Plenaria, para convencer en el seno de una “asamblea de patriotas revolucionarios”, que se votara aprobatoriamente el artículo que busca enfrentar los vicios del pragmatismo político-partidista. Otro tanto ocurrió cuando propuse la elevación al rango constitucional de la autonomía universitaria. Utilicé el mismo texto que había redactado con De Venanzi para definir la Autonomía universitaria en la Ley de Universidades. Pero al excluir a las Universidades Experimentales y Privadas, de nuevo tuvo lugar una marejada de intereses mediocres ya vinculados al partidismo o al lucro indebido de diversas instituciones educativas. Se ejercieron sobre mí toda clase de presiones, incluyendo intentos de soborno para resguardar pervertidos privilegios mercantiles. Incluso fui invitado constantemente por gerentes y dueños de establecimientos educativos quienes se sentían amenazados por los artículos constitucionales que propuse. Intentaron, por las vías de la corrupción, convencerme para que conciliase con sus intereses de indebido lucro. Estos catorce artículos, que aparentemente no suscitarían resistencias en ningún ciudadano honesto del mundo, hube de defenderlos de múltiples intentos de eliminación, poda o restricción. Y no sólo por aquellos directamente afectados en sus bastardos intereses que prosperan sin control en el mundo educativo venezolano, sino también, por una preocupante proporción de distinguidos intermediarios actuando como Constituyentistas.

Sólo del “tamaño de nuestras ilusiones”

Por este articulado, había aceptado ir a la Asamblea y había cumplido con mi trabajo y con mi conciencia. Lo cual no significa que no tuviese dudas sobre la factibilidad futura de aquel esfuerzo. De hecho inicié la redacción del primer párrafo de la exposición de motivos de este articulado para que fuese integrado al texto integral de la nueva Constitución de esta manera,“Alguien ha dicho que una Constitución es del tamaño de nuestras ilusiones. Pero creemos que este texto que es ahora virtual, pueda trascender a lo real, pueda sobrevivir a la ensoñación de la utopía y a la verificabilidad de lo tangible. Y así tendría que ser, pues viene ordenado por la voluntad política de un pueblo que lo ha expresado en decisión soberana, y que lo aguarda con cívica impaciencia, no ajena a la complicidad de nuestra angustia. Y es que los hombres que queremos educar para las nuevas circunstancias que vive la nación deben ser muy diferentes a la inmensa mayoría de los seres humanos que hoy la habitan. Ellos habrán de conquistar, participar y compartir una existencia según otros valores, según otras apreciaciones sobre ellos mismos y del mundo con todos sus entornos y laberintos. Cada cual, libre y creativo, porque habrá de pertenecer a una nación sin alienados por distingos marginantes”.

Otra manera de hacer y deshacer la vida

Y continúo,”Cada ciudadano, vinculado a plurales espacios, donde solidariamente compartirá con sus semejantes otra manera de hacer y deshacer la vida. Otros modos de nacer, transcurrir y morir en los diversos planos y dimensiones posibles. En los espacios locales, porque allí se desenvuelve la cotidianidad. En los regionales, dentro de los cuales se desarrolla una segunda noción de pertenencia. En lo nacional donde se recrea la conciencia de una dinámica identidad. En lo latinoamericano, para sabernos parte de una región del mundo a la que nos debemos y de la cual constituimos territorio fundamental. En lo universal. Porque los venezolanos de la nueva República deben de formar parte indisoluble de la humanidad y de los valores universales que trastocan nuestra finitud. No sólo espacial sino temporal. Y definitivamente, si hay transfinitud proveniente de un pasado histórico que gravita sobre los hombres y mujeres de este país de la América del Sur… Es ésta una cognición preconsciente que integra un conjunto de variadas razones que fundamentan y priorizan nuestra preocupación por dotar a Venezuela de un eficiente funcionamiento de los sistemas educativos. En todos los niveles y maneras ideados por el hombre. Más aún, nos inquieta en la medida en que las comunidades contemporáneas deben incorporarse a sofisticados mecanismos de socio-aprendizaje que no pueden ser controlados por los instrumentos tradicionales del conocimiento.”

De nuevo cierto poder político y un posible Poder Moral

La experiencia en la Asamblea Constituyente se extendió seis meses, y debo confesar que por mi proximidad con Luis Miquilena, conjuntamente con los jefes de los nuevos partidos, participé, como lo había hecho cuarenta años atrás, pero con veinte de edad, en el ejercicio del poder político. Se trataba, una vez más, de iniciar los cambios más urgentes en un país considerablemente más deteriorado. Y que ahora reclama mayores y más complejos esfuerzos que en aquella década de los sesenta, pero que me encuentra más escéptico. Ahora, parecería existir mayor conciencia popular, pero también una clase media disminuida económicamente y dominada por el consumismo, además de una clase alta movilizada por una frivolidad que no coarta su insaciable afán de enriquecimiento. No obstante logramos la disolución del Congreso Nacional. Con la reestructuración del Poder Judicial, la reorganización de la Fiscalía General, la renovación de la Contraloría General mas la creación de la Defensoría del Pueblo se han programado tres instituciones para integrar una instancia que llamamos Poder Moral, el cual, con las legislaciones adecuadas podría convertirse en una importante y poderosa entidad para la salud ética del país. E imprescindible para cuando se desate la nueva jauría

“Elogio de la Adulancia”

Pero no fue en los conciliábulos del centro del poder, que al fin de cuentas siempre habrán de existir en cualquier época o lugar. Pero al menos en las designaciones que contaron con mi iniciativa o complicidad, me cabe la satisfacción de afirmar que escogimos gente honorable y dispuesta a demostrarlo. Fue en los entornos del entorno, en los que prosperaron todas las formas de alabanzas, obsecuencias y degradaciones, que describe Edecio La Riva en su libro “Elogio de la Adulancia”, que tanto conocí y disfruté durante su redacción. Su lectura debería ser obligatoria para los políticos. Y para un Presidente más útil que la de El Oráculo del Guerrero. Pero aún más que estos entornos, lo que pulverizó mi esperanza fue la atmósfera enrarecida de aquella Asamblea. Con la televisión en permanente transmisión, con los periodistas nacionales e internacionales al asalto de la noticia. Los “creadores de imagen” satisfaciendo y amplificando las necesidades publicitarias de una mayoría abrumadora de futuros candidatos a nuevas esferas y cargos de poder. Aquello era una jungla humana, con intervenciones ruidosas, ostentosas, exhibicionistas e innecesarias en cada sesión Plenaria de la Asamblea. Acostumbrado a la relativa armonía del debate académico, aquello era la negación del sentido y coherencia de una discusión constructiva y sincera. Por ello intervenía lo menos posible o casi siempre para pedir la clausura de aquellos ridículos torneos de verborragia oportunista e insustancial, los cuales para mayor vergüenza se trasmitían en vivo a todo el país. Fuera del recinto parlamentario pululaba una algarabía de aduladores, de gente apremiada por la angustia económica o por elementales desórdenes existenciales. Y detrás de las rejas del Palacio Legislativo, plenando sus calles adyacentes, tenían lugar manifestaciones del más variado género. Ellas constituían patéticas pruebas de décadas de atropellos y privaciones de un pueblo traicionado y subsumido en el abandono. Cuando en el diario transitar entre el psicotizante edificio de Pajaritos, y el jardín zoológico del Palacio Legislativo, bajo el asedio de aquella desesperada multitud, me preguntaba una y otra vez, cómo algún ser humano sensato podía escoger la política como oficio. Salvo aquellos casi inexistentes motivados por una pasión de fundamentalismo caritativo. Y en el otro extremo, los que “con o sin cuello blanco”, están atrapados por esa otra forma de encapsulada paranoia delictiva que les obliga a mentir y a mentirse constantemente para continuar aumentando su pecunio con dinero malhabido o a sus insaciables egos de una imbécil vanidad de poder.

La falsa “Rebelión de las Masas”

Al terminar las sesiones de la Asamblea se renovó en mí la desconfianza de que se pudiesen lograr cambios esenciales en el país. Creo que la falsificación sistemática de los hechos, más las traiciones, las infamias, los crímenes, se acentuarán progresivamente con la globalización controlada por complejos mecanismos militares e industriales transnacionales. Ellos abortarán los esfuerzos en el tercer mundo, de quienes intenten asumir liderazgos revolucionarios Y con sus recursos del control económico fragmentarán estas vanguardias y continuarán confundiendo a las masas. A ellas, ciertamente no pareciese dárseles otra oportunidad que la de ser ingenua y engañosamente soberanas. No deja de ser un bochornoso espectáculo para el espíritu observar multitudes de exiliados cubanos protestando enardecidos porque, al fin el gobierno norteamericano les arranca a un niño de seis años que utilizaban como rehén. “En el único gesto de tregua que, en 41 años dan al pueblo de Cuba ” en palabras de Fidel. Se añade un hecho más a mi profunda desconfianza en la política y en la naturaleza humana. Todo ello me lleva a renovar previsiones harto pesimistas para el futuro de la humanidad en este milenio en marcha.

Abrumado por multitudes y rumiando necesidad de soledades

Pensativo, rumiando multitudes y necesidad de soledad, regresé a mi mundo verdadero en cuanto terminó la Asamblea Nacional Constituyente. Para su final, se montó un acto circense, muy distinto a la solemne ceremonia inaugural, que organicé en el Aula Magna. La de clausura tuvo lugar en Ciudad Bolívar reinventada falsamente como Angostura, y que pareció más una mezcla de algún cuento de Frank Kafka con el de una película de Woody Allen. Retorné a mis impacientes pacientes. Y al inmenso placer de la vida íntima de la adolescente y hessiana lobunéz esteparia, ahora superada por la intensidad de la existencia otoñal. Aquella en la que aún es posible combinar la sensual ternura de una mujer, con la fatiga de un espíritu aún no desértico y que conserva el verdadero poder que proviene de la vocación para la anónima y personal trascendencia. Aquella que exige la universal conspiración con los silenciosos y reflexivos compañeros que se esconden tras cada volumen de mi biblioteca. Entonces me pregunté de nuevo, como tantas otras veces en mi vida, si había valido la pena el “esfuerzo como lo fue para la hazaña” y haber abandonado mis libros por un tiempo que se tornaba infinito. Creo que la respuesta es negativa.

Edmundo Chirinos
Caracas 2007